LOS CÓNDORES NO SON DE DIOS : Sobre la Operación Cóndor en América Latina
Poema al estilo de Monseñor Romero: palabra clara, Evangelio en la garganta, opción por los pobres.
Hermanos,
les hablo hoy con el corazón en la mano
y la voz temblorosa de pueblo.
No vengo a recitar teorías.
Vengo a nombrar el dolor.
Se llamó Operación Cóndor.
Pero no era pájaro de los Andes.
Era garra. Era sombra. Era frontera borrada
para que el odio volara sin pasaporte.
De Santiago a Buenos Aires,
de Asunción a Montevideo,
de La Paz a Brasilia,
el mismo plan, la misma mesa, el mismo brindis
sobre los cuerpos rotos de nuestros hermanos.
No fue conspiración.
Fue coordinación.
Fue oficina. Fue archivo. Fue télex.
Fue un mapa de América Latina
marcado con cruces,
y cada cruz era un hijo, una madre, un compañero
que ya no volvió a cenar.
¿A quién perseguían?
Al que pensaba distinto.
Al que organizaba a los obreros.
Al que enseñaba a leer a los campesinos.
Al que denunciaba desde el púlpito
que el Evangelio no bendice la tortura.
Al catequista que repartía pan y palabra.
Al estudiante que soñaba con justicia.
Al periodista que no se vendió.
A la monja que curaba a los heridos.
A todos ellos los llamaron “subversivos”,
porque para el poder,
amar al pobre es subvertir el orden.
Y el orden era este:
Si te ibas a Chile, te esperaba Pinochet.
Si cruzabas a Argentina, te esperaba Videla.
Si buscabas refugio en Uruguay,
los mismos verdugos te abrían la puerta
y te cerraban la vida.
Se pasaban los cuerpos como expedientes.
Se prestaban los aviones para los vuelos de la muerte.
Se intercambiaban métodos de dolor,
como quien intercambia recetas de cocina.
Arrojaron a nuestros hijos al mar,
vivos, amarrados,
para que el océano fuera cómplice.
Robaron a los niños nacidos en cautiverio,
les cambiaron el nombre,
les negaron la sangre,
y todavía hoy las Abuelas caminan la Plaza
con un pañuelo blanco en la cabeza
y una pregunta en la boca:
¿Dónde están?
¿Y la gran potencia del Norte?
Hermanos, la historia ya habló.
Entrenaron la mano que golpeó.
Bendijeron la bota que pisó.
Llamaron “seguridad nacional”
a lo que era simplemente terror.
Documentos desclasificados lo dicen.
No lo digo yo. Lo dicen sus propios papeles.
Sabían. Callaron. Y a veces, aplaudieron.
Porque para ellos,
un muerto latinoamericano
pesaba menos que una idea comunista.
Y la Iglesia, hermanos, ¿dónde estaba la Iglesia?
Ay, qué dolor decirlo.
Hubo obispos que bendijeron tanques.
Hubo curas que callaron por miedo o por complicidad.
Pero también hubo mártires.
Hubo sacerdotes desaparecidos por repartir tierra.
Hubo religiosas violadas y asesinadas por cuidar al pueblo.
Hubo comunidades de base que fueron tratadas como células guerrilleras
solo porque leían el Evangelio con los pobres.
La sangre de ellos es semilla.
La sangre de ellos grita todavía.
México no firmó ese pacto de cóndores,
pero tuvo su propia noche.
La guerra sucia tuvo otros nombres,
pero el mismo olor a calabozo,
el mismo grito en la madrugada,
el mismo estudiante que no volvió a casa.
Que nadie se crea inocente del todo en este continente.
Hoy, hermanos,
cuando escucho que quieren volver los uniformes,
cuando veo que espían de nuevo a los que luchan,
cuando llaman “terrorista” al que defiende el agua,
cuando justifican la bala en nombre de Dios,
yo les digo:
El Cóndor no ha muerto.
Solo cambió de plumaje.
Por eso les hablo.
Por eso les grito.
En nombre de Dios, pues,
y en nombre de este sufrido pueblo
cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos,
les suplico, les ruego, les ordeno:
¡Cese la represión!
No maten en nombre del orden.
No torturen en nombre de la patria.
No desaparezcan en nombre de Cristo.
Porque Cristo está en la celda,
está en el río con los cuerpos,
está en la Plaza con las Madres,
está en el niño que busca su nombre verdadero.
Si vuelven los cóndores,
que nos encuentren de pie.
Que nos encuentren organizados.
Que nos encuentren rezando,
pero también denunciando.
Porque el silencio, hermanos,
es el idioma de los cementerios.
Y nosotros,
nosotros somos Iglesia de Resurrección.
Amén.
Carlos Manuel Alejos Levano.
Callao 9 de junio 2026



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