Solo el pueblo salva al pueblo
La política contemporánea, acelerada por la inmediatez de las redes sociales y el marketing digital, suele adolecer de una alarmante falta de memoria. En la actual precampaña electoral, asistimos a un fenómeno que oscila entre lo irónico y lo indignante: la apropiación de consignas históricas por parte de neófitos políticos de derecha. Con una ligereza, candidatos y activistas de sectores conservadores han comenzado a repetir, como si fuera un eslogan publicitario recién salido de un laboratorio de diseño o una ocurrencia algorítmica de la Inteligencia Artificial, una frase que arrastra consigo décadas de lucha, sangre, fe revolucionaria y conciencia de clase: “Solo el pueblo salva al pueblo”.
Este vaciamiento de contenido no es un hecho aislado; demuestra el profundo desconocimiento de la historia que impera en las nuevas capas políticas de la derecha. Acostumbrados a la lógica del copy-paste de internet, asumen que cualquier frase que resuene bien en el oído del electorado es un patrimonio libre de derechos históricos, ignorando que esta consigna representa, precisamente, el clamor de las mayorías excluidas por derrotar a los “anti-pueblo”. Es decir, a la oligarquía y a los mismos sectores de poder económico que esos nuevos políticos, consciente o inconscientemente, representan y defienden.
Para comprender el verdadero peso de estas palabras, es imperativo realizar un ejercicio de pedagogía política y memoria histórica. “Solo el pueblo salva al pueblo” no es un eslogan de campaña; es una profesión de fe colectiva nacida en las entrañas de la teología, el sindicalismo y la resistencia popular en América Latina.
El latido de la Teología de la Liberación y las Comunidades Eclesiales de Base
En las décadas de 1970 y 1980, América Latina se convirtió en el escenario de una de las transformaciones teológicas y sociales más profundas de su historia. La Teología de la Liberación, con su opción preferencial por los pobres, resignificó el mensaje evangélico. Dios ya no era el ser distante que legitimaba el orden social de los opresores, sino el liberador que caminaba junto al oprimido. En ese contexto, la frase “Solo el pueblo salva al pueblo” se convirtió en el núcleo de la fe comunitaria.
Hablar de esta mística en Centroamérica es evocar de forma obligatoria la memoria del Padre Rutilio “Tilo” Sánchez. “Tilo”, con su firme andar, su entrega pastoral durante los años más oscuros de la guerra civil salvadoreña y su compromiso inquebrantable con las poblaciones más vulnerables, encarnó el espíritu de esta proclama. Su labor no se limitaba al templo; estaba en las milpas, en los cantones, al lado de las familias que huían de la represión estatal y paramilitar. Para el Padre Tilo y las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), la salvación no era un asunto puramente metafísico para el más allá, sino una tarea histórica: la liberación de las estructuras de pecado —la pobreza, la explotación, la dictadura—. Su eterno grito, “solo el pueblo salva al pueblo”, brotaba del convencimiento de que el cambio social no vendría desde arriba, ni de las concesiones de la oligarquía, sino de la autoorganización y la fe del campesinado y de los sectores populares.
Hoy en día, las Comunidades Eclesiales de Base siguen manteniendo viva esta llama. Para estas organizaciones, la consigna sigue siendo un escudo contra el olvido y una guía para la acción solidaria comunitaria, muy lejos del oportunismo electoral que hoy pretende manosearla.
La trinchera sindical y el Humanismo Cristiano
Paralelamente a la corriente de la Teología de la Liberación, el Humanismo Cristiano de raigambre obrera sopló con fuerza en el Cono Sur y se extendió por todo el continente. El gran referente de esta corriente, San Alberto Hurtado en Chile, sembró las bases de un sindicalismo con profunda sensibilidad social, cuestionando éticamente al capitalismo y poniendo en el centro la dignidad del trabajador. Hurtado entendía que la justicia social no era caridad patronal, sino un derecho que la clase trabajadora debía conquistar por sí misma.
Bajo esta doctrina, los movimientos sindicales latinoamericanos asumieron que la emancipación de los trabajadores sería obra de los trabajadores mismos. En El Salvador, la Asociación General de Empleados Públicos y Municipales (AGEPYM) es un testimonio vivo de esta herencia. Desde sus inicios, y de manera sumamente valiente durante los años más álgidos del conflicto armado, AGEPYM levantó la bandera de “Solo el pueblo salva al pueblo” para movilizar a la clase trabajadora frente a las políticas de austeridad, la represión gubernamental y las violaciones a los derechos laborales. Cada huelga, cada manifestación bajo el fuego y cada mesa de negociación estuvo impregnada de esta convicción de autodefensa y solidaridad de clase.
Esta herencia sigue viva en el sindicalismo internacional y nacional. Organizaciones de carácter continental como la Alternativa Democrática Sindical de las Américas (ADS), continúan utilizando esta frase como un principio rector. No es una frase retórica; es la constatación diaria de que el único contrapeso real al poder de las corporaciones y los gobiernos de turno es la unidad de la clase trabajadora.
La contradicción de la derecha y la necesidad de educar
Que hoy en día ciudadanos que incursionan en la política desde las filas de la derecha utilicen esta consigna es una contradicción ideológica insalvable. Quienes defienden el libre mercado a ultranza, la privatización de los servicios públicos, la desregulación laboral y los privilegios de las élites financieras no pueden apoderarse de un concepto que nació para combatir, precisamente, esas realidades.
Cuando la derecha dice “Solo el pueblo salva al pueblo”, incurre en un triple error:
- Desconocen que la frase pertenece a la tradición de la izquierda revolucionaria, el comunismo y el socialismo democrático latinoamericano, corrientes que ellos mismos suelen estigmatizar.
- El “pueblo” en esta consigna no es una masa abstracta de consumidores individuales. Es un sujeto político colectivo que se organiza contra la opresión de la clase dominante (la oligarquía). La derecha, por definición, representa los intereses de esa clase dominante o perpetúa el sistema que los sostiene.
- Pretenden usurpar la mística del dolor y la resistencia popular para canalizar el descontento social hacia salidas individuales, neoliberales o autoritarias.
La historia no se puede plagiar para hacer branding de campaña. Detrás de cada palabra de esa frase hay persecución, tortura, exilio y vidas ofrendadas por sacerdotes, catequistas, sindicalistas, obreros y campesinos que se negaron a agachar la cabeza ante el poder. Es momento de tratar de ilustrar a esta generación de políticos que asumen la esfera pública desde la vacuidad de las pantallas. Hay que recordarles que las consignas del pueblo tienen memoria, tienen mártires y tienen una carga filosófica inalterable. Intentar despojar a “Solo el pueblo salva al pueblo” de su raíz comunitaria, cristiana liberadora y revolucionaria es un insulto a la memoria histórica de América Latina. No permitamos que el marketing vacíe de contenido el grito de los oprimidos; la historia se respeta y la memoria del pueblo se defiende.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



No Comment! Be the first one.