Ausencia de fuerza física. Ausencia de conocimientos. Ausencia de presencias. Y así como en página en blanco ya no hay apegos.
Se vuelve la vista al pasado y le encontramos sentido a lo visto y escuchado.
Y comprendemos lo diminutos que somos ante el balbuceo y la sonrisa de un infante. Ante el silencio de un enfermo. Ante la furia de un terremoto y un volcán.
Y así sigilosamente. Veo acercarse la Santa Palabra de los Profetas y Mártires que nos regalaron sus huellas.
Pisadas suaves de los infantes. Pisadas hacendosas de las mujeres que como la brisa, no terminan su vida de entregar. Pasos sonoros de los varones que en infinitas veces no logran comprender por qué actúan así.

Y entre respiro y suspiro. Trato de comprender la Parábola de la Semilla. Que crece de día y de noche en el profundo silencio de los silencios. Tu y yo. Milagros de la Creación.
Y me inclino con reverencia ante los seres que como ángeles, en algún momento me llamaron por el nombre. Soplando álitos de vida y compartiendo el caminar.
Y así, a veces cansada, equivocada, sumisa, insumisa. Con energía o indefensión.
Hoy les llamo por su nombre. Como Dios Padre y Madre un día me llamó a mi.
Con dulce ternura. A quienes desde otras naciones. Extendieron sus brazos para hacerme parte de su familia.
Escrito por: Flor del Camino/ para sentirconelpueblo.com



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