Húmedo atardecer
“Dios llora”, dicen,
cuando a la Madre Tierra se entrega
alguien que amó.
Vos, Chema, quizás sin decirlo
decidiste quedarte con tus hermanos –igual de humanos–
que tanto quisiste y encabronado cubriste.
Hoy te fuiste bajo un cielo nublado,
rodeado de gente amorosa de la que no te despediste
y a la que le costará aceptar que partiste.
Acá quedarás como El Quijote que fuiste:
alto y delgado, pero nunca triste.
Entre cantos, risas, llantos y esperanzas que dejaste
se te ocurrió tu último chiste:
encerrarte en las paredes de tu capilla
en la fecha cuando hace años el señorío imperial
mandó a matar allende los montes
y provocó enrojecer con sangre su gran manzana…
Pero, también, en esa misma nació Sarmiento:
el padre de las aulas en las que educaste
bajo el régimen del amor y la cultura.
Sin dictadura…
Mis hijas que te conocieron,
quisieron, quieren y querrán te han llorado.
Y la pequeña algún día sabrá de tu legado,
no invento, al verse estampada a tu lado.
¡Gracias Chema!
Hoy el cielo te lloró
y, aunque haya quien no me crea…,
también te he llorado.



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