Pasión e imaginación
“Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”. Esta famosa frase es de Jorge Santayana, filósofo nacido en España pero considerado estadounidense por haber permanecido la mayor parte de su existencia en el país norteamericano. Y de lo ocurrido en El Salvador a lo largo de su historia, hay mucho que rememorar y bastante que aprender de sus lecciones para evitar que la rueda de su historia siga girando en el mismo lugar, patinando en el lodazal de la ignominia social alrededor de lo que para mí ha sido su sempiterno eje: el constituido por el hambre, la sangre y la impunidad. Lo he dicho antes y no me cansaré de repetirlo, mientras sus víctimas sigan siendo nuestras mayorías populares.
¿A qué responde lo anterior? Pues a los juegos de mi memoria que vienen cargados de tantos acontecimientos aberrantes, pero también de diversas gestas valientes que tuvieron lugar entre julio y agosto hace varias décadas. El primero de estos recuerdos es el del ataque criminal contra la marcha de estudiantes universitarios en las calles de San Salvador el 30 de julio de 1975, la cual contó con el acompañamiento de alumnos y alumnas de secundaria así como del pueblo diverso y solidario.
Esta masacre fue la que tuvo entonces mayor impacto nacional e internacional por haberse perpetrado en la ciudad capital, a pocos días de haberse realizado en el país ‒por primera vez‒ el concurso Miss Universo. Ya ven que las dictaduras acostumbran organizar eventos fatuos y encubridores de realidades duras y dolorosas; también presumen la construcción de obras monumentales para embelesar y entuturutar a la gente; eso sí, en 1975 no existían las “luces led” para reforzar el engatusamiento.
Pero antes del ataque artero contra la referida protesta estudiantil y popular, hubo otros hechos similares en el campo salvadoreño. En La Cayetana, departamento de San Vicente, el 29 de noviembre de 1974 y en Chinamequita, La Paz, también en 1974; entre el 21 y 22 de junio de 1975, tuvo lugar otra en Tres Calles, Usulután. Todo eso ocurrió en el período presidencial del coronel Arturo Armando Molina, dictador de turno que a los diecinueve días de haber tomado posesión del cargo tras unas elecciones escandalosamente fraudulentas, ordenó la violenta ocupación militar de las instalaciones de la Universidad del Salvador; fue Molina quien para “limpiar” su rostro asesino, había coronado días antes a la triunfadora del concurso de belleza citado.
En 1961 se publicó una de las novelas más famosas de Gabriel García Márquez: “El coronel no tiene quien le escriba”. A este coronel salvadoreño, sí hubo quien le escribió: monseñor Óscar Arnulfo Romero siendo obispo de la diócesis de Santiago de María, localizada en el departamento donde fue consumada la tercera de las masacres consignadas. Él no calló después de acompañar y consolar a las familias de los campesinos asesinados por guardias nacionales. En la misiva le pidió hacer justicia a las víctimas y restituirles, de alguna forma, “por la pérdida de quienes eran su sostén”; el carácter de la carta era “confidencial”, pues no buscaba “notoriedad sino el deseo de una eficaz intervención ante quien tiene en sus manos los principales recursos para evitar estas lamentables situaciones”.
La notoriedad que nuestro buen pastor adquirió después, convertida en la santidad que lo encumbró a los altares, tampoco fue buscada; fue derivada del incremento de la violencia, sobre todo la estatal, y de la denuncia valiente de esta. Además, sin proponérselo, también fue el profeta de la “justicia transicional”. Sin ese rebuscado nombre, con el que expertos y académicos bautizaron a la legítima necesidad de las víctimas directas y de los familiares de aquellas desaparecidas o asesinadas, san Romero de América la demandó así: “Queremos ser la voz de los que no tienen voz, para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Que se haga justicia, que no se queden tantos crímenes manchando a la patria; al ejército. Que se reconozca quiénes son los criminales y que se dé justa indemnización a las familias que quedan desamparadas”.
Hoy que la rueda de la historia nacional avanza hacia el estercolero de las graves violaciones de derechos humanos, quienes dicen defenderlos tienen acá el mejor referente. Su recuerdo ahora, a unos días de otro aniversario de su natalicio, debe ser ejemplo e inspiración para evitar repetir la historia. A la pasión de Romero, hay que sumarle la necesaria imaginación que en su momento mostraron las mayorías populares organizadas. Cito de nuevo a Santayana: “A no ser que la naturaleza humana sufra un cambio inconcebible, el principal valor intelectual y estético de nuestras ideas procederá siempre de la actividad creadora de la imaginación”.
Escrito por : Benjamín Cuellar/ para periódico sentirconelpueblo.com



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