He leído con el corazón en la mano el artículo de Juan José Tamayo en Religión Digital, “El secuestro de la religión por la ola neofascista”, y no he podido dejar de pensar en Monseñor Romero.
Tamayo dice algo que duele porque es verdad: estamos asistiendo a una ola que está cambiando la relación entre política y religión. Las tres grandes religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e islam, están siendo sometidas al secuestro de los sistemas de dominación y de sus líderes.
No es la fe la que ha cambiado. Es que la han secuestrado.
Han cambiado el amor por el odio, el perdón por la venganza, la defensa de la vida por el asesinato. Así lo denuncia Tamayo con palabras claras.
Qué triste es ver una Biblia en una mano y un fusil en la otra. Qué triste es ver a un líder gritar “¡Viva Cristo Rey!” caminando entre cadáveres, decidido a gobernar con el fusil en una mano y la Biblia en la otra.
Qué triste es ver la Oficina de la Fe convertida en oficina del Imperio, y a pastores y obispos bendiciendo guerras en el Despacho Oval.
Tamayo los llama, con razón, los teólogos del neofascismo: Trump, Netanyahu, Bukele y De la Espriella se han convertido en los teólogos del neofascismo que están neutralizando la interpretación liberadora de los textos fundacionales.
Y yo me pregunto: ¿Qué nos diría San Óscar Romero si viera esto?Nos diría lo que siempre dijo: que Dios no es de los poderosos. Que Dios no bendice la tortura, ni la exclusión, ni el odio al migrante, ni el desprecio a la mujer, ni el rechazo al diferente.
Nos diría que la verdadera religión no secuestra, libera. Que no levanta muros, abre puertas. Que no siembra cadáveres, siembra esperanza.
Romero nos enseñó que la fe no se mide por cuántas veces se nombra a Dios en un discurso, sino por cuántas veces se defiende al pobre en la vida real. Que el culto que agrada a Dios es el que se hace justicia al hermano.
Frente a esta nueva religión internacional del odio, que Tamayo describe como caracterizada por los discursos de odio contra el feminismo, los colectivos LGTBIQ y los migrantes, nosotros tenemos que oponer otra internacional: la internacional del amor.
La internacional de la ternura. La internacional de la misericordia. La internacional de las iglesias históricas que, en comunidades rurales y urbanas de todo el país, siguen creyendo que otro mundo es posible.
Son esas iglesias que acompañan en silencio, que abren sus templos para el que no tiene dónde dormir, que comparten el pan, que defienden al que no tiene voz, que oran con las madres que lloran y que siguen predicando un Evangelio de liberación y no de miedo.
Tamayo termina con una esperanza: que el cristo-neofascismo se debilite con las derrotas sufridas por Trump en las urnas en las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. Ojalá sea así.
Pero la tarea no termina en las urnas. Termina en el corazón.
Hay que rescatar a Dios de los secuestradores. Hay que devolverle la Biblia al pueblo. Hay que devolverle a la religión su alma: el amor.
Como decía Romero: “Hay que quitar los ídolos del poder y del dinero”. Y hay que volver a poner en el centro al único ídolo que no es ídolo: el ser humano, imagen de Dios.
Esa es la fe que no se deja secuestrar.



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