Una Iglesia que se acostumbra al silencio frente al sufrimiento del pueblo termina siendo cómplice de aquello que dice combatir. No basta celebrar sacramentos si se ignora el hambre de los niños, el abandono de los ancianos, la explotación de los trabajadores, el clamor de los migrantes y el dolor de las víctimas de la violencia.
El Evangelio no fue anunciado para tranquilizar conciencias, sino para despertar corazones. Jesús no pactó con la injusticia ni bendijo los privilegios de quienes oprimían al pueblo. Su palabra fue consuelo para los humildes y una llamada exigente a la conversión para quienes ejercían el poder.
La Iglesia necesita menos comodidad y más profecía; menos miedo a perder prestigio y más decisión para ponerse del lado de quienes no tienen voz. El Reino de Dios no se construye desde la indiferencia, sino desde el compromiso con la verdad, la justicia y la misericordia.
Que el Espíritu Santo abra nuestros oídos para escuchar el clamor de los pobres, desate nuestra lengua para anunciar un Evangelio liberador y abra nuestros ojos para reconocer a Cristo crucificado en cada persona descartada. Solo entonces podremos decir que somos una Iglesia que camina con el pueblo y no una institución que observa el sufrimiento desde la distancia.
Presbitero Douglas Calderón Morillas
Iglesia cristiana apostólica católica ICAC
Comunidad ANAWIM EMAUS INTERNACIONAL



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