Un esqueleto elegante, acicalado con sombreros franceses, plumas ostentosas y vestidos de alta costura. La imagen de la Catrina es hoy un ícono indiscutible de las festividades de inicio de noviembre en buena parte de América Latina. Sin embargo, en su origen, la figura concebida a principios del siglo XX por el grabado mexicano José Guadalupe Posada —y bautizada originalmente como La Calavera Garbancera— no nació como un símbolo de orgullo tradicional, sino como una ácida caricatura. Era un espejo grotesco diseñado para burlarse de la neurosis colectiva de una sociedad que despreciaba sus raíces indígenas y campesinas para abrazar con desespero una elegancia europea prestada.
Hoy, la metamorfosis de este personaje revela una paradoja sociocultural todavía más profunda: la Catrina ha cruzado fronteras para instalarse en El Salvador, convirtiéndose, en un giro casi poético, en el centro de festivales municipales que replican exactamente aquello de lo que la calavera solía burlarse: la constante fascinación por lo ajeno y la fragilidad de la identidad propia.
Una crítica a la servilidad cultural
Para comprender el peso de este fenómeno, es indispensable volver a la génesis del personaje en México. A finales del Porfiriato y principios de la Revolución Mexicana, el término garbancero o garbancera se utilizaba para calificar peyorativamente a las personas de sangre indígena o mestiza que vendían garbanzos y que, al prosperar o aspirar a un estatus superior, renegaban de su herencia autóctona. Se vestían al estilo francés o inglés, hablaban con modismos extranjeros y aparentaban una alcurnia que no poseían.
Posada capturó esta contradicción en un grabado simple pero demoledor: un cráneo desnudo luciendo únicamente un sombrero ostentoso. La consigna implícita era contundente: por más plumas, encajes y harina que se pongan sobre la cara para aparentar blancura europea, en el fondo todos somos esqueletos. Décadas más tarde, Diego Rivera inmortalizó y vistió de cuerpo entero a este personaje en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, dándole el nombre definitivo de “La Catrina” —en referencia a los “catrines”, hombres de la alta sociedad caracterizados por su elegancia sobreactuada.
La Catrina nació, por lo tanto, no para ensalzar la mexicanidad, sino para denunciar la alienación y la falta de autenticidad cultural de los pueblos latinoamericanos cuando intentan disfrazarse de lo que no son.
La importación del mito a El Salvador y la nueva aculturación
Casi un siglo después, la historia parece repetirse en el escenario salvadoreño, aunque bajo una dinámica distinta. En los últimos años, El Salvador ha sido testigo de la proliferación masiva de la Catrina en desfiles, ferias locales, centros comerciales y convocatorias públicas. Lo que comenzó como una curiosidad cosmopolita se ha transformado en un consumo cultural asimilado sin mayor filtro ni reflexión histórica.
En una sociedad marcada por tensiones de identidad, la adopción acrítica de la Catrina opera como una forma de aculturación sutil. Paradójicamente, la idiosincrasia de un pueblo rico en fantasías, mitos y leyendas adopta como propio el símbolo que fue creado, precisamente, para satirizar la falta de identidad.
Este fenómeno encuentra su principal motor en las gestiones municipales y comités de festejos. Muchas alcaldías del país han descubierto en la figura de la Catrina un producto altamente comercializable, fotogénico y listo para las redes sociales. Se organizan concursos de disfraces, mercadillos y pasarelas de “Catrinas salvadoreñas”, presentándolo al público como un rescate de la “tradición hispanoamericana” o como una oferta turística renovada. Sin embargo, al mercantilizar y tropicalizar este personaje sin contextualizar su sentido crítico, la gestión local cae en la misma paradoja que Posada inmortalizó: adoptar una pose prestada para llenar un vacío de gestión cultural auténtica.
El rol diplomático y la preservación del sentido
Es necesario hacer una distinción fundamental entre el uso comercial y la difusión cultural formal. Mientras que el espectáculo local tiende a vaciar al personaje de su significado para convertirlo en un mero adorno estético, las actividades impulsadas por instituciones como la Embajada de México en El Salvador buscan mantener vivo el arraigo histórico de sus tradiciones.
A través de altares monumentales, exposiciones artísticas y conversatorios, la representación diplomática mexicana presenta el Día de Muertos y la figura de la Catrina dentro de su marco original: una expresión de sincretismo religioso, memoria histórica y arte popular reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. En este espacio, la Catrina no se vende como una moda pasajera, sino que se explica como parte indispensable del tejido identitario de México.
La riqueza propia de los Canchules y la Calabuiza
La adopción desenfrenada de la Catrina resulta aún más cuestionable cuando se contrasta con el vasto patrimonio autóctono que El Salvador ya posee para conmemorar el vínculo con la muerte y los antepasados. El país no necesita importar iconografía mexicana para estructurar su memoria comunitaria.
En el occidente salvadoreño, Nahuizalco celebra la tradición de los Canchules cada 1 de noviembre. Los barrios se transforman con altares familiares decorados con ramas de fruto de pan, flor de muerto, velas y platillos típicos. Los jóvenes y niños recorren las calles pidiendo “Canchul” en las puertas de las casas a cambio de oraciones y cánticos para las ánimas, en una ceremonia donde la convivencia comunitaria y el respeto ancestral son los verdaderos protagonistas.
Por otro lado, en Tonacatepeque, la noche del 1 de noviembre se ilumina con La Calabuiza. Un desfile vibrante donde los jóvenes encarnan a los personajes de la mitología pipil y el folclor nacional: la Siguanaba, el Cipitío, los Cadejos, el Justo Juez de la Noche, la Carreta Chillona, el Gritón, entre otros. Entre antorchas, carretas decoradas con calaveras de ayote y la tradicional repartición de ayote en miel, La Calabuiza representa un grito de resistencia identitaria y un orgullo tradicional genuino que brota de la historia local.
El avance hacia el sincretismo latinoamericano
A pesar de las contradicciones que implica el consumo superficial de la Catrina y la falta de mirada crítica ante la aculturación, el fenómeno deja al descubierto un aspecto innegablemente positivo en la transformación social del país.
Durante décadas, la influencia comercial del norte impuso de manera aplastante la celebración del Halloween o Día de las Brujas estadounidense, una festividad desligada por completo de la memoria comunitaria latinoamericana. En ese sentido, la paulatina sustitución de brujas, calabazas plásticas y monstruos anglosajones por la estética de la Catrina —incluso con sus inconsistencias— marca un desplazamiento significativo.
La adopción de la Catrina en El Salvador, con todos sus matices comerciales, refleja una inclinación hacia un sincretismo cultural latinoamericano. Es la búsqueda de una conexión con lenguajes visuales, cosmovisiones y formas de relacionarse con la muerte que se sienten más cercanas al sentir hispano e indígena que las narrativas consumistas del Halloween norteamericano. La Catrina continuará paseándose por las plazas salvadoreñas con su pamela de plumas y su sonrisa de hueso. Quizás el reto para la sociedad y las instituciones culturales locales no sea prohibirla ni rechazarla, sino recordarle al público el mensaje que trajo desde su nacimiento: la verdadera elegancia y la verdadera cultura no se imitan ni se compran; se cultivan desde la memoria de la tierra propia.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



No Comment! Be the first one.