Monseñor Óscar Arnulfo Romero entendió algo que muchos aún no quieren entender: no se puede predicar a un Dios vivo con un Evangelio muerto. Su predicación fue encarnada, liberadora, peligrosa. No separó jamás la fe de la vida, ni la misa del pueblo. Entrelazó el Evangelio con la realidad política, económica y social de El Salvador, porque sabía que un cristianismo que no mira al pobre, traiciona a Cristo.
San Óscar Romero no concebía un Evangelio aislado del sufrimiento humano, especialmente de los más pobres y necesitados. Para él, la fe que no se mete en la historia es una fe muerta. La Iglesia no podía ser neutral ante el dolor. Tenía que tomar partido, y lo tomó: por los que no tienen voz.
Insistía en que la Iglesia y el cristianismo deben comprometerse con los riesgos sociales, políticos y económicos del pueblo de Dios. No por ideología. Por fidelidad al Evangelio. Porque Dios no está en las nubes, está en la milpa, en el mercado, en el cantón sin luz, en la madre que busca a su hijo desaparecido.
Consideraba que callar la opresión, la violencia y las injusticias sociales es traicionar el Evangelio. Lo dijo sin miedo, sabiendo que cada palabra lo acercaba más al martirio: una predicación que no denuncia el pecado no es auténtica predicación Evangélica.
Por eso lo acusaron de político, de comunista, de revoltoso. Y él respondió con la claridad de los santos:”…Que no digan que no leemos la Biblia, no solo la leemos, sino que la analizamos, la celebramos, la encarnamos, la queremos hacer nuestra vida, ese es el sentido de la homilía encarnar al pueblo en la palabra de Dios y eso no es política cuando en la homilía se señalan los pecados políticos, sociales y económicos.
“Ese era su secreto. No era política. Era encarnación. Era tomar la Palabra de Dios y llevarla a las necesidades del hogar. Era hacer que el pueblo se viera a sí mismo dentro de la Biblia.
Para Romero, la gloria de Dios no estaba en los templos de mármol, ni en los discursos bonitos. La gloria de Dios es que el pobre viva. Que tenga tortilla, que tenga tierra, que tenga dignidad, que tenga vida. Y vida en abundancia.
Hoy, cuando algunos quieren una Iglesia muda, una homilía light, sin espinas, su voz vuelve a retumbar en Catedral:
Si no encarnamos la Palabra, la traicionamos.



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