Caminar.
Esa es la primera palabra.
No es correr, no es llegar.
Es poner un pie delante del otro, como él lo hizo: sin prisa pero sin pausa, entre el polvo y la esperanza.
Hoy se cumple la novena vez.
Nueve años, nueve lunas, nueve caminos que se vuelven uno solo.
Nueve veces que El Salvador se quita los zapatos del miedo y camina descalzo sobre su memoria.
La salida
La peregrinación comienza luego de la Santa Misa en la Catedral Metropolitana, a las 5 de la mañana, rumbo a Ciudad Barrios, la cuna de San Romero.
Afuera ya hay velas encendidas.
Abuelos con sombreros viejos, jóvenes con mochilas y promesas, madres con fotos pegadas al pecho.
Alguien susurra: “¿Y si llueve?”
Y otro responde: “Monseñor también caminó bajo la lluvia”.

El rosario suena como lluvia menuda.
Cada ave maría es un paso.
Cada paso es un nombre que no queremos olvidar.
El camino
El asfalto quema, pero no importa.
Aquí vamos todos: el que vende pupusas, el estudiante, la catequista, el que viene de lejos solo para decir “presente”.
Llevamos agua en una mano y dignidad en la otra.
Cantamos.
No porque estemos alegres, sino porque el canto es la única manta que abriga cuando el camino pesa.
“Monseñor, amigo, el pueblo está contigo”.
Y el eco devuelve la frase desde los cerros, como si los cerros también peregrinaran.
En cada parada hay un testimonio.
Una mujer cuenta cómo su hijo volvió a casa.
Un joven dice que por primera vez entendió qué era “ser voz de los sin voz”.
Monseñor no está en un retrato.
Monseñor va caminando en medio. Con sandalias gastadas y sotana remangada.
La llegada
Cuando llegamos, el sol ya está alto y las piernas tiemblan.
Pero nadie se sienta.
Porque aquí, en Ciudad Barrios, donde nació la voz que no se calló, nosotros respondemos con mil voces.
Se alza la cruz. Simple. De madera.
No de oro. De madera, como la de él.
Y entendemos: peregrinar no es turismo de fe.
Es recordar que la justicia también se camina.
Que la paz no se pide de rodillas solamente. Se busca, se suda, se comparte.

Epílogo
Porque una vez se olvida.
Dos veces se duda.
Nueve veces se vuelve costumbre del alma.
Caminar con Monseñor Romero es negarse a que el miedo tenga la última palabra.
Es decirle a los jóvenes: “tu país vale la pena”.
Es decirle a los de arriba: “aquí abajo seguimos vivos”.
Al final del día los pies están llenos de ampollas y el corazón lleno de país.
Guardamos la gorra, la botella vacía, el rosario enredado.
Y nos vamos a casa sabiendo algo:
Que mientras haya gente dispuesta a caminar por amor,
Monseñor no ha muerto.
Solo cambió de sotana.
Ahora usa tenis.
Y va adelante, marcando el paso.
Escrito por: Gean Carlos Martínez. Para el periódico https://sentirconelpueblo.com



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