Hay silencios que son oración. Y hay silencios que son omisión.
En El Salvador 2026, el pueblo se pregunta por qué la voz de la Iglesia, que antes llenaba templos calles y comunidades y despertaba conciencias, hoy suena bajita frente a los grandes problemas que duelen en la calle.
Monseñor Romero no podía callar. Desde el púlpito de la Catedral Metropolitana denunciaba las cárceles, la tortura, la injusticia. Decía que el Evangelio se juega en lo concreto: en el salario, en el agua, en el cuerpo del hermano.
Hoy los problemas tienen otro nombre pero el mismo rostro: pobreza extrema, familias partidas por la migración, jóvenes sin futuro, presos sin sentencia, instituciones que no responden, tierra y ríos maltratados.
Y la pregunta que muchos se hacen desde las bancas es simple: ¿Dónde está la palabra de la Iglesia?
Se entiende el temor. Hablar en este tiempo cuesta. Cuesta críticas, cuesta etiquetas, cuesta problemas. Es más cómodo bendecir desde lejos que bajar a cargar la cruz con el pueblo.
Pero la fe no se hizo para la comodidad. Se hizo para el barro. Para meterse en la herida. Jesús no esperó a que el mundo estuviera limpio para hablar. Habló en medio del imperio, de la corrupción, del dolor.
Cuando la Iglesia calla frente a la miseria, el pueblo aprende a pensar que Dios también calla. Y eso es lo más peligroso. Porque el silencio institucional se vuelve complicidad.

La gente no pide que la Iglesia se meta en partidos. Pide que se meta en la vida.
Pide una palabra por la madre que no sabe si le alcanza para la comida. Por el joven que se va porque aquí no ve camino. Por el detenido que lleva años sin juicio. Por la comunidad que se queda sin agua. Por la tierra que se vende al mejor postor.
El pueblo no necesita discursos técnicos. Necesita profecía. Necesita que alguien le diga desde el altar: “Dios te ve. Dios te escucha. Y nosotros también”.
Los mártires jesuitas de la UCA murieron por eso. Por no callar ante “los pueblos crucificados”. El Papa Francisco lo recordó: fueron asesinados por defender la vida. ¿Vamos a honrar su memoria solo con misas, o también con la misma valentía?
Una Iglesia que solo repite lo que dicen los poderosos deja de ser Iglesia. Pasa a ser eco.
Y el Evangelio no es eco. Es grito. Es denuncia y es esperanza. Es ver, juzgar y actuar. Como hizo Romero: ver el sufrimiento, juzgarlo a la luz del Evangelio, y actuar acompañando al pueblo.
El silencio hoy no protege. Aísla. Le quita al creyente de a pie un referente moral cuando más lo necesita. Y deja el campo libre para que otros llenen el vacío.

La Iglesia salvadoreña tiene historia, tiene mártires, tiene pueblo. No puede darse el lujo de ser una institución decorativa.
En tiempos de confusión se necesita claridad. En tiempos de dolor se necesita abrazo. En tiempos de injusticia se necesita verdad.
Porque si la Iglesia calla ante los grandes problemas del país, el pueblo va a seguir gritando solo. Y un pueblo que grita solo, tarde o temprano deja de creer.
Que no nos pase. Que la voz vuelva a ser casa, refugio y brújula. Como fue con Romero. Como debe ser siempre.
Escrito por: Nancy Corpeño



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