En El Salvador la pobreza ya no se mide solo con estadísticas. Se mide en filas, en buses, en platos vacíos y en sueños que se apagan antes de los 20 años.
Hoy 2026, el país ya no está en guerra. Pero hay otra guerra silenciosa: la de llegar a fin de mes. Y esa guerra la están perdiendo miles de familias.
La pobreza tiene dirección. Está en los mercados donde la libra de frijol sube y el salario no. Está en las comunidades donde el agua llega dos veces por semana. Está en los niños que van a la escuela sin desayuno.
Ya no hablamos solo de “pobres”. Hablamos de miseria. Porque miseria es cuando una madre decide entre comprar medicina o pagar el pasaje. Es cuando un joven con bachillerato reparte comida en moto porque no hay empleo. Es cuando una familia completa vive con 200 dólares al mes en San Salvador.

Monseñor Romero lo dijo hace 46 años y sigue vigente: “Cuántos pobres hijos de esta patria, arrastrándose por el suelo, desconociendo su dignidad humana y salvadoreña”. Hoy podríamos añadir: desconociendo también su derecho a una vida digna.
La cruz cambió de madera, pero no de peso.
Antes era la guerra. Hoy es el desempleo, la inflación, la deuda, la migración forzada. Es el joven que no estudia ni trabaja porque “para qué”. Es el adulto mayor que rebusca latas. Es el niño que llega a un albergue roto por fuera y por dentro.
En marzo de 2026 volvimos a ver un vía crucis en el Centro Histórico. Pero no era solo religioso. Era social. En las estaciones aparecían “pobres cargando la cruz”. Porque la gente ya entiende que el sufrimiento no es abstracto. Tiene nombre, apellido y colonia.
El país habla de inversión, de turismo, de seguridad. Y eso importa. Pero la pregunta que no podemos esquivar es: ¿y la gente?
¿De qué sirve una calle nueva si en esa calle hay niños pidiendo? ¿De qué sirve un mall lleno si al lado hay una comunidad sin drenaje? ¿De qué sirve decir que “vamos bien” si hay familias que comen una vez al día?
La pobreza no es falta de voluntad. Es falta de oportunidades. Es escuela mala, salud cara, empleo mal pagado, transporte caro. Es un círculo que se hereda.
No se combate la miseria con bolsas de comida. Se combate con trabajo digno, con educación que sirva, con salud pública que funcione, con crédito para el pequeño.

Se combate devolviéndole la dignidad a la gente. Porque el problema no es que el pobre sea pobre. El problema es que nos acostumbramos a verlo y no nos duele.
Romero nos dejó la ruta: “desde los pobres, con los pobres, por los pobres”. No es un eslogan. Es una política. Es poner al centro a quien siempre ha estado en la orilla.
El Salvador no será desarrollado hasta que el último niño deje de acostarse con hambre. Hasta que el último joven tenga una razón para quedarse. Hasta que la palabra “miseria” nos avergüence tanto que decidamos borrarla.
La pobreza no es destino. Es decisión. Y como país todavía estamos a tiempo de decidir distinto.
Porque un país que olvida a sus pobres, se olvida a sí mismo.
Escrito por Ramón Bracamonte



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