LAS HERIDAS DE MONSEÑOR OSCAR ROMERO
Las heridas de Romero no fueron solo de carne, aunque la bala las abrió con violencia precisa. Sus heridas venían de antes, mucho antes, y no sangraban siempre con rojo visible. Eran grietas abiertas por el clamor de un pueblo que no cabía en los templos ni en los discursos diplomáticos. Eran heridas hechas de nombres, de rostros, de madres sin hijos y de hijos sin futuro. Romero caminó con esas heridas como quien carga una verdad que quema: no se puede amar a Dios sin tocar la llaga del pobre.

No fue un santo de vitrina ni un mártir cómodo. Fue un hombre atravesado por la contradicción. Al inicio dudó, midió, temió. Porque la herida más profunda no es la que se recibe, sino la que obliga a cambiar. Y Romero cambió. Se dejó herir por la realidad hasta que su fe dejó de ser un refugio y se volvió una trinchera. Comprendió que la neutralidad, en medio de la injusticia, es otra forma de violencia. Y entonces habló.
Cada homilía suya era una incisión en el cuerpo enfermo del poder. Nombraba lo innombrable, denunciaba lo que todos sabían pero nadie se atrevía a decir en voz alta. Y al hacerlo, se exponía. Porque las palabras también sangran, y las suyas sangraban verdad. Romero no buscó el martirio, pero tampoco lo evitó. Sabía que la fidelidad tiene un precio, y que ese precio, en tierras de opresión, suele pagarse con la vida.
Sus heridas se volvieron públicas. No eran solo suyas. Eran del campesino explotado, del obrero silenciado, del estudiante desaparecido. Romero se volvió espejo de un pueblo crucificado. Y como todo espejo que refleja la verdad, incomodó. A los poderosos les molestan los hombres que no se venden, porque no saben cómo comprarlos ni cómo callarlos sin revelar su propio miedo.

El día que lo mataron no apagaron su voz. La multiplicaron. Porque hay muertes que no cierran historias, las abren. La sangre de Romero no fue derrota, fue semilla. Cayó sobre la tierra dura de la historia y empezó a germinar en conciencias, en comunidades, en luchas que aún hoy resisten.
Las heridas de Romero siguen abiertas, porque el mundo que lo hirió no ha sido sanado. Siguen sangrando en cada injusticia tolerada, en cada silencio cómplice, en cada fe que se arrodilla ante el poder en lugar de confrontarlo. Pero también siguen vivas como llamado. Como exigencia. Como memoria incómoda que no permite olvidar que el Evangelio, cuando se toma en serio, hiere.
Y quizás esa sea la verdad más dura: que las heridas de Romero no son solo suyas. Son nuestras, si decidimos mirar de frente. Porque quien se acerca al dolor del pueblo, quien escucha su grito y no huye, termina marcado. No hay espiritualidad intacta después de tocar la miseria. No hay fe limpia después de ver la sangre.

Romero lo entendió hasta el final. Por eso no retrocedió. Por eso murió de pie, con el corazón abierto, como quien ya había aceptado que algunas heridas no se curan: se asumen, se encarnan, se convierten en camino.
Y ahí sigue, no como recuerdo distante, sino como herida viva en la historia. Una herida que acusa, que interpela, que exige. Una herida que, si se escucha con honestidad, obliga a elegir: o se está del lado de los que hieren, o del lado de los que cargan la cruz.
No hay tercer camino.
Presb. Douglas José Calderón Morillas
Iglesia Cristiana Apostólica Católica ICAC
Chimbote PERU


