La canonización de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, fue un proceso prolongado y, en muchos aspectos, doloroso. A pesar que su testimonio de fe y su martirio eran evidentes para numerosos creyentes, particularmente en América Latina, la Iglesia institucional tardó casi cuatro décadas en reconocer oficialmente su santidad. Esta demora no puede entenderse únicamente como resultado de los procedimientos de la Congregación para la Causa de los Santos, sino que debe situarse en el marco de tensiones más amplias: políticas e ideológicas.
Romero vivió y ejerció su ministerio en un contexto marcado por la represión, la injusticia social y una creciente polarización. Su voz profética que anunciaba el Reino al mismo tiempo que denunciaba estructuras de pecado, incomodó a muchos. En su fidelidad evangélica, defendió la dignidad de los pobres, acompaño a las víctimas y denunció las violaciones a los derechos humanos. Sin embargo su compromiso fue percibido por ciertos sectores eclesiásticos como exclusivamente político o ideologizado, especialmente en un tiempo en el que la Teología de la Liberación generaba desconfianza en el Vaticano.
Estos prejuicios incluyeron directamente en la interpretación que se hacía de su asesinato. Durante años, se discutió si su muerte podría considerarse verdaderamente un martirio ” in odium fidei”. La pregunta de fondo era inquietante. ¿ Puede alguien ser mártir por haber sido asesinado no sólo por confesar a Cristo con los labios, sino por vivir el Evangelio como opción preferencial por los pobres y como denuncia de la injusticia? Esta discusión, teológica en su formulación, revela también un conflicto eclesiologico no resuelto sobre el lugar de profecía en la vida de la iglesia.
Un episodio concreto ilustra claramente el ambiente de sospecha que envolvía la memoria de Romero incluso en los gestos litúrgicos. En el primer aniversario de su martirio, la Comisión de Justicia y Paz de la Unión de Superiores Generales ( USG ) quiso organizar en Roma una Eucaristía en su memoria, como era costumbre hacerlo con pastores asesinados en contexto de violencia. Sin embargo, ninguna figura del Vaticano -,ni cardenal ni obispo- acepto presidir o concelebrar la misa tal negativa reflejaba una resistencia explícita a reconocer la dimensión martirial de Romero, pues participar en dicha celebración habría sido leído como una toma de posición favorable a esa interpretación.
Fue en ese contexto que una religiosa de la USG- invitó a Fray Camilo Maccise OCD, entonces consejero general de la orden de los Carmelitas Descalzos
, a presidir la Eucaristía. Él acepto al comprender que detrás de la negativa institucional sesgada del martirio de Romero, fruto del desconocimiento y del prejuicio hacia la Iglesia Latinoamerica. La misa se celebró el 24 de marzo del año siguiente en la Iglesia de los Santos Cosme y Damián.
Participaron aproximadamente quinientas personas en su mayoría religiosas y religiosos, y concelebraron decenas de sacerdotes. Aunque sin respaldo oficial del Vaticano, dicha celebración fue, una expresión de comunión eclesial y de fidelidad al testimonio de Romero.
Este gesto silencioso pero elocuente, permite dimensionar la complejidad del proceso de canonización. La figura Romero cuestionaba categorías Eclesiales establecidas y evidenciaba la necesidad de revisar una noción de santidad que pudiera incluir la profecía y la denuncia como formas legítimas de vivir el seguimiento de Cristo. Fue necesario esperar un cambio de época en la iglesia. La llegada del Papa Francisco, consu sensibilidad hacia las periferias y su conocimiento cercano de la realidad Latinoamericana, abrió finalmente las puertas a una lectura más integral del testimonio de Romero. Bajo su pontificado, se reconoció que fue asesinado por vivir el Evangelio con radicalidad, y en 2018 fue finalmente canonizado.
La dificultad en canonización a Monseñor Romero no fue meramente burocratica. Reflejó una lucha profunda por el sentido del martirio, por la relación entre fe y justicia y por el lugar de los pobres en el corazón de la iglesia.
Su canonización, no solo hace justicia a su persona, sino que ilumina el camino de una Iglesia que quiere ser fiel al Evangelio encarnado en la historia.
Por: Ismael Braum/ Teología desde abajo/ TL.



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