La Transfiguración de Jesús constituye uno de los relatos cristológicos más significativos de los Evangelios sinópticos. Mateo 17,1-8, al igual que Marcos 9,2-8 y Lucas 9,28-36, presenta a Jesús en una montaña acompañado por Pedro, Santiago y Juan. Allí su rostro resplandece, sus vestidos se vuelven blancos y aparecen Moisés y Elías. Finalmente, una voz procedente de la nube declara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo» (Mt 17,5).
Tradicionalmente, este relato ha sido interpretado desde la cristología, la espiritualidad y la manifestación de la gloria divina. Sin embargo, una lectura atenta del contexto narrativo permite descubrir también importantes implicaciones para una hermenéutica política. La Transfiguración acontece inmediatamente después del anuncio de la pasión y de la confrontación entre Jesús y Pedro acerca del significado del mesianismo (Mt 16,21-28). Por tanto, la revelación de Jesús como Hijo amado no puede desligarse de la cuestión fundamental que atraviesa el Evangelio: ¿qué tipo de Mesías es Jesús y qué tipo de poder representa?
La tesis de este ensayo es que la Transfiguración puede ser interpretada como una revelación teológico-política del modo de ejercer el poder según Dios. El relato no legitima el poder imperial, religioso o político como dominación, sino que presenta a Jesús como el Hijo cuya autoridad se manifiesta en el camino del servicio, el sufrimiento solidario y la entrega de la vida. La voz divina —«escúchenlo»— sitúa la autoridad de Jesús por encima de las pretensiones de cualquier poder histórico absolutizado.
Esta perspectiva adquiere especial relevancia en América Latina y particularmente en El Salvador, donde la cristología de la liberación ha insistido en la relación inseparable entre Jesús, el Reino de Dios, las víctimas de la historia y la lucha por la justicia. En diálogo con Warren Carter, Ulrich Luz, Davies y Allison, R. T. France, Richard Horsley, Jon Sobrino, Ignacio Ellacuría, Gustavo Gutiérrez y Óscar Romero, puede afirmarse que la Transfiguración no invita a escapar de la historia, sino a regresar a ella con una mirada transformada.
1. La Transfiguración dentro del conflicto por el significado del mesianismo
Una interpretación político-teológica de Mateo 17 debe comenzar por su contexto inmediato. Mateo 16,13-28 constituye un punto de inflexión en el Evangelio. Pedro confiesa que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mt 16,16), pero inmediatamente rechaza la posibilidad de que el Mesías tenga que sufrir y morir.
Jesús responde severamente: «¡Quítate de mi vista, Satanás! (…) porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).
El conflicto no es simplemente psicológico. Está en juego la comprensión misma del poder mesiánico.
Pedro parece esperar un Mesías victorioso, mientras que Jesús presenta un mesianismo asociado al sufrimiento, al rechazo y a la entrega. El problema consiste, entonces, en determinar qué significa que Jesús sea el Mesías en una sociedad atravesada por dominación imperial, desigualdad social y estructuras religiosas de autoridad.
R. T. France señala que el relato de Mateo debe interpretarse teniendo en cuenta la forma en que el evangelista presenta la identidad y misión de Jesús dentro del contexto histórico del judaísmo del siglo I (France, 2007). Davies y Allison, por su parte, sitúan la Transfiguración dentro de la sección narrativa que desarrolla el camino de Jesús hacia Jerusalén y su pasión (Davies & Allison, 1997).
Esto permite establecer una primera conclusión: La Transfiguración interpreta el significado de la identidad mesiánica de Jesús después de que Jesús ha anunciado el camino de la cruz.
No es una escena aislada de gloria. Es una confirmación de quién es Jesús precisamente cuando sus discípulos tienen dificultades para comprender su camino.
2. El monte: revelación y memoria del Éxodo
Mateo comienza: «Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los lleva aparte a un monte alto» (Mt 17,1).
La referencia a los «seis días» ha sido relacionada frecuentemente con Éxodo 24, donde Moisés sube al monte Sinaí y la gloria de Dios se manifiesta sobre él. Esta conexión adquiere importancia porque Moisés aparecerá posteriormente junto a Jesús.
El monte es, en la tradición bíblica, lugar de revelación, alianza y encuentro con Dios. Pero también puede convertirse en un lugar desde el cual se comprende de manera nueva la historia.
Moisés representa el Éxodo: la liberación de un pueblo sometido al poder faraónico. Su presencia junto a Jesús introduce, por tanto, una memoria histórica de liberación.
La Transfiguración puede ser comprendida como una escena en la que la identidad de Jesús queda vinculada con la historia de la acción liberadora de Dios.
No estamos ante una espiritualidad deshistorizada. El Dios que se revela en el monte es el mismo Dios que, según la tradición del Éxodo, «ha visto la opresión de su pueblo» y ha escuchado su clamor (Ex 3,7).
La montaña, por tanto, no constituye una fuga de la realidad. Es el lugar desde el cual la realidad debe ser contemplada con los ojos de Dios.
3. Moisés y Elías: ley, éxodo y profecía
La aparición de Moisés y Elías constituye uno de los elementos teológicos centrales del relato: «Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17,3).
La tradición cristiana ha interpretado a Moisés y Elías como representantes de la Ley y los Profetas. Desde una perspectiva político-teológica, ambos pueden representar además dos grandes dimensiones de la tradición bíblica: la liberación y la denuncia profética.
Moisés está asociado al éxodo de Israel y a la liberación de una comunidad sometida a un imperio.
Elías, por su parte, representa la confrontación profética con el poder de la monarquía. Su conflicto con Acab y Jezabel muestra que la profecía bíblica no puede reducirse a una espiritualidad privada. El profeta cuestiona la concentración del poder cuando este se opone a la justicia y a la fidelidad a Dios.
En este sentido, la presencia de ambos junto a Jesús puede leerse como una afirmación de continuidad: Jesús no aparece fuera de la historia de liberación de Israel, sino dentro de ella y como su culminación cristológica.
La Transfiguración, entonces, vincula cristología y memoria histórica.
4. «Este es mi Hijo amado»: una afirmación sobre la autoridad
El centro teológico del relato aparece en la voz divina: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo» (Mt 17,5).
La expresión remite claramente al bautismo de Jesús (Mt 3,17). Pero en la Transfiguración adquiere una nueva función narrativa: confirmar la identidad de Jesús ante sus discípulos precisamente después de que estos han tenido dificultades para aceptar su camino de sufrimiento.
Desde una lectura político-teológica, la afirmación «este es mi Hijo» tiene implicaciones sobre la autoridad.
En el mundo antiguo, las categorías de filiación divina, soberanía y legitimidad podían estar vinculadas a las pretensiones de los gobernantes. Warren Carter ha mostrado que el Evangelio de Mateo puede leerse en el contexto del poder imperial romano y como una narrativa alternativa a las pretensiones del imperio. Para Carter, Mateo presenta a Jesús y a su comunidad como expresión de una realidad alternativa al dominio imperial (Carter, 2001, 2005).
Esto no significa afirmar que Mateo escribiera simplemente un «tratado político contra Roma». La cuestión es más profunda: el Evangelio construye una visión del mundo en la cual Dios y su Reino poseen una autoridad superior a las pretensiones absolutas de los poderes históricos.
Por eso, cuando la voz declara: «Escúchenlo», la autoridad queda vinculada a Jesús y a su palabra.
No se trata de una legitimación de la dominación, sino de una redefinición de la autoridad.
5. «Escúchenlo»: la política de la escucha
La orden divina «escúchenlo» merece una atención particular.
El verbo griego ἀκούω (akouō) significa escuchar, oír, prestar atención. La autoridad de Jesús se vincula con una palabra que debe ser escuchada.
Esta dimensión puede ser confrontada con las formas autoritarias del poder.
El poder dominador tiende a producir:
silencio;
obediencia;
subordinación;
miedo;
control;
exclusión de la palabra del otro.
El Evangelio, en cambio, introduce una lógica de escucha.
La pregunta política que surge de Mateo 17,5 puede formularse así: ¿A quiénes escucha una sociedad y a quiénes decide no escuchar?
Una hermenéutica liberadora de la Transfiguración obliga a prestar atención a las voces de quienes viven en los márgenes: pobres, víctimas de violencia, migrantes, comunidades excluidas, personas criminalizadas por su condición social y aquellos grupos cuya palabra carece de poder institucional.
La revelación de Dios no conduce al silenciamiento del otro. Dios manda escuchar a Jesús, y Jesús manda escuchar el clamor de quienes sufren.
6. El problema político del poder
La Transfiguración debe relacionarse con la enseñanza de Jesús sobre el poder. En Mateo 20,25-28 Jesús establece una oposición entre el modelo de dominación de los gobernantes y el modelo de servicio:
«Los jefes de las naciones las dominan (…) No será así entre ustedes».
Esta afirmación proporciona una clave fundamental para interpretar la Transfiguración. La gloria de Jesús no puede identificarse con la gloria de los poderosos.
No es la gloria del emperador. No es la gloria de un ejército. No es la gloria del dinero. No es la gloria del control político. La gloria de Jesús aparece vinculada paradójicamente con el camino que conduce a Jerusalén y a la cruz. Aquí se encuentra una de las mayores inversiones teológicas del cristianismo: Dios revela su gloria no mediante la dominación, sino mediante el amor que se entrega.
7. Pedro y las tiendas: la tentación de privatizar la experiencia religiosa
Pedro responde: «Señor, qué bien se está aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas» (Mt 17,4).
La propuesta de Pedro puede interpretarse teológicamente como una dificultad para comprender la finalidad de la experiencia del monte. Pedro quiere permanecer allí. Pero Jesús no permanece en el monte.
La escena continúa con el descenso y con el encuentro con una realidad marcada por el sufrimiento (Mt 17,14-20).
Desde una perspectiva política, esto permite cuestionar una religiosidad que busca únicamente la experiencia espiritual sin compromiso con la historia.
Existe una tentación permanente de convertir la religión en refugio: subir al monte y no regresar.
La Transfiguración plantea exactamente lo contrario. La contemplación auténtica debe conducir a la misión. La experiencia de Dios debe transformar la manera de mirar la realidad.
8. Del monte al pueblo: espiritualidad y praxis
La estructura narrativa puede expresarse mediante una dinámica: monte → revelación → escucha → descenso → sufrimiento → acción.
Esto resulta particularmente compatible con la metodología de la teología de la liberación.
Gustavo Gutiérrez sostiene que la teología nace de una relación entre la fe y la práctica histórica de la liberación. La teología no puede reducirse a un discurso abstracto sobre Dios separado de la realidad de los pobres y excluidos.
La Transfiguración puede leerse desde esta perspectiva como una experiencia de contemplación que conduce a la praxis.
No se trata de elegir entre contemplación y acción. Se trata de comprender que: la contemplación de Dios transforma la manera de actuar en la historia.
9. La Transfiguración y el Jesús histórico desde la Teología de la Liberación
La cristología de Jon Sobrino resulta especialmente fecunda para esta interpretación.
Sobrino parte del Jesús histórico y de su práctica del Reino de Dios. En Jesucristo liberador, sostiene que la cristología debe tomar en serio la actuación histórica de Jesús, su relación con los pobres, su confrontación con los poderes y las razones históricas de su muerte (Sobrino, 1994).
Esta perspectiva impide separar al Cristo glorioso del Jesús histórico. El transfigurado es el mismo que:
anuncia el Reino; toca a los excluidos; come con pecadores; confronta estructuras religiosas; cuestiona el poder; entra en conflicto con las autoridades; termina siendo ejecutado.
Por eso, la Transfiguración no puede utilizarse para construir una imagen de Jesús desconectada de la cruz. La gloria debe interpretarse desde la historia de Jesús.
10. La cruz como criterio político de la gloria
La Transfiguración adquiere su verdadero sentido cuando se la coloca frente a la cruz. En una lógica de poder, la cruz es fracaso.
En la lógica de Dios, la cruz revela la violencia de un mundo que rechaza al justo y, simultáneamente, revela la fidelidad de Dios a la víctima.
Aquí resulta central la reflexión de Ignacio Ellacuría sobre los «pueblos crucificados».
Ellacuría entiende la realidad histórica de los pueblos oprimidos desde la categoría cristiana de la cruz. La cruz no es solamente un acontecimiento individual de Jesús; se convierte también en una categoría para interpretar las víctimas de la historia.
La pregunta política de la Transfiguración se transforma entonces: ¿Quiénes son hoy los cuerpos crucificados que necesitan ser transfigurados?
Esta pregunta desplaza la atención de una religiosidad centrada exclusivamente en la gloria celestial hacia una fe comprometida con la vida concreta.
11. Transfiguración y crítica de la idolatría política
La Transfiguración también puede dialogar con la crítica de Hugo Assmann y Franz Hinkelammert a la idolatría.
La idolatría no consiste solamente en adorar imágenes religiosas. Puede producirse cuando una realidad histórica adquiere carácter absoluto.
El mercado puede convertirse en absoluto. El Estado puede convertirse en absoluto. La seguridad puede convertirse en absoluto. La nación puede convertirse en absoluto. Un líder político puede convertirse en absoluto. Una ideología puede convertirse en absoluto.
La Transfiguración introduce una frontera teológica: ninguna realidad histórica puede ocupar el lugar de Dios.
Por eso, una lectura política del texto no significa utilizar a Jesús para legitimar un determinado proyecto partidario. Significa precisamente lo contrario: someter todo proyecto político al juicio del Evangelio.
La pregunta cristiana no debería ser: «¿Qué proyecto político representa a Jesús?» sino: «¿Qué proyectos políticos respetan la dignidad humana, promueven la justicia y protegen la vida?»
12. Una lectura desde la necropolítica
El diálogo con Achille Mbembe permite ampliar la reflexión. Mbembe utiliza el concepto de necropolítica para analizar formas de soberanía que determinan quién puede vivir y quién puede ser expuesto a la muerte.
Desde esta perspectiva, la Transfiguración puede ser leída como una afirmación radical de la vida frente a los poderes de muerte. El Jesús transfigurado será posteriormente crucificado por una convergencia de poderes políticos y religiosos.
La cruz muestra que determinados cuerpos pueden ser convertidos en cuerpos sacrificables. Pero la Transfiguración anticipa la respuesta de Dios: el cuerpo condenado por los poderes no es condenado por Dios.
La gloria divina se manifiesta precisamente sobre aquel cuya vida será entregada. Esto permite establecer una tensión:
Esto permite establecer una tensión:
| Lógica de dominación | Lógica del Evangelio |
| Poder sobre otros | Servicio a los otros |
| Producción de miedo | «No tengan miedo» |
| Silenciamiento | «Escúchenlo» |
| Cuerpos descartables | Dignidad de toda persona |
| Sacrificio de otros | Entrega de la propia vida |
| Absolutización del poder | Relativización de todo poder histórico |
| Muerte como instrumento | Vida como horizonte |
13. La Transfiguración y Monseñor Romero
La hermenéutica de la Transfiguración adquiere una resonancia especial en El Salvador cuando se la pone en diálogo con Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Romero comprendió la misión cristiana desde la realidad concreta de las víctimas. Su predicación no se limitó a anunciar una salvación espiritual separada de la historia. Su ministerio episcopal estuvo marcado por la denuncia de la violencia, la defensa de los pobres y la exigencia de justicia.
En este sentido, Romero puede ser interpretado desde la dinámica del monte y el descenso:
contemplación → escucha → discernimiento → denuncia profética → acompañamiento del pueblo.
La espiritualidad de Romero no consistió en permanecer en el monte. Su experiencia de Dios lo llevó a escuchar el clamor del pueblo salvadoreño. Por ello, la Transfiguración puede convertirse en una clave para comprender su espiritualidad: ver la gloria de Dios implica aprender a reconocer su presencia en el rostro de las víctimas.
La gloria cristiana no puede separarse de la solidaridad con los crucificados.
14. Las Fiestas del Divino Salvador del Mundo y la Transfiguración
Esta hermenéutica tiene una aplicación directa a las Fiestas Patronales del Divino Salvador del Mundo.
La celebración salvadoreña de la Transfiguración puede ser comprendida como una expresión de religiosidad popular, memoria cultural e identidad colectiva. Sin embargo, desde una perspectiva político-teológica, la fiesta también puede convertirse en un espacio de discernimiento sobre el país.
La pregunta central sería: ¿Qué significa celebrar al Salvador en medio de una sociedad marcada por desigualdades, exclusiones y disputas por el poder?
La respuesta no puede reducirse a una celebración estética o folclórica. Celebrar al Salvador significa preguntarse:
¿Quiénes están siendo salvados y quiénes están siendo excluidos?
¿Quiénes tienen voz y quiénes permanecen silenciados?
¿Qué estructuras producen pobreza?
¿Qué cuerpos son considerados descartables?
¿Qué formas de poder producen miedo?
¿Qué lugar ocupan las víctimas?
¿Qué significa hoy anunciar el Reino de Dios?
La fiesta puede convertirse así en un espacio de memoria profética. El Salvador que se celebra no es un símbolo para legitimar cualquier poder político. Es el Cristo que, después de manifestar su gloria, baja del monte y continúa su camino hacia Jerusalén.
15. Una hermenéutica política para El Salvador contemporáneo
La Transfiguración puede ofrecer una metodología de lectura de la realidad salvadoreña.
Primer movimiento: subir al monte. Representa la contemplación.La comunidad cristiana necesita detenerse para mirar la realidad desde Dios.
Segundo movimiento: escuchar. «Escúchenlo». La comunidad debe escuchar la palabra de Jesús, pero también escuchar el clamor de las víctimas.
Tercer movimiento: discernir. Hay que identificar los poderes que producen vida y los que producen muerte.
Cuarto movimiento: bajar. La espiritualidad auténtica retorna a la realidad.
Quinto movimiento: encontrarse con las víctimas. El Jesús transfigurado se encuentra inmediatamente con el sufrimiento humano.
Sexto movimiento: actuar. La fe se convierte en praxis histórica.
Séptimo movimiento: esperar. La Transfiguración anuncia que la cruz no tiene la última palabra.
Esta última dimensión es esencial para la teología latinoamericana: la esperanza cristiana no es evasión de la historia, sino fuerza para transformarla.
Conclusión
La Transfiguración de Jesús, leída desde Mateo 17,1-8, constituye mucho más que una manifestación sobrenatural de la divinidad de Cristo. Dentro de la estructura narrativa de Mateo, el acontecimiento responde a la crisis producida por el anuncio de la pasión y redefine el significado del mesianismo.
Jesús es el Hijo amado, pero su filiación no conduce a la dominación. Su autoridad se expresa en el servicio, la solidaridad y la entrega de la vida. La voz divina ordena «escúchenlo», situando su palabra por encima de las pretensiones absolutas de cualquier poder histórico.
Moisés y Elías vinculan a Jesús con las tradiciones bíblicas del Éxodo y la profecía. Pedro representa la tentación de permanecer en el monte, mientras que el descenso devuelve a Jesús y a sus discípulos al mundo del sufrimiento. La gloria, por tanto, no puede separarse de la cruz.
Desde la teología de la liberación, Sobrino permite comprender al Transfigurado desde el Jesús histórico; Ellacuría permite relacionar la gloria con los pueblos crucificados; Gutiérrez recuerda que la fe debe hacerse praxis histórica; y Romero ofrece, desde El Salvador, una expresión concreta de una espiritualidad que contempla a Dios para escuchar el clamor del pueblo.
En diálogo con Carter, la Transfiguración puede también ser entendida como parte de una narrativa alternativa frente a las pretensiones de los poderes imperiales. Y mediante el diálogo con Assmann, Hinkelammert y Mbembe, el texto adquiere una capacidad crítica frente a la idolatría del poder, la absolutización del mercado y las políticas que producen vidas descartables.
Por ello, la Transfiguración puede resumirse en una afirmación fundamental:
- Dios revela su gloria no en el poder que domina, sino en la vida que se entrega; no en el silenciamiento de los débiles, sino en la escucha; no en la permanencia cómoda en el monte, sino en el descenso hacia la historia y el encuentro con quienes sufren.
- Para El Salvador, celebrar al Divino Salvador del Mundo significa entonces algo más profundo que repetir una tradición religiosa. Significa discernir qué poderes deben ser cuestionados, qué vidas deben ser defendidas y qué esperanzas deben ser recuperadas. La verdadera fiesta del Salvador comienza cuando la comunidad cristiana baja del monte y reconoce que la gloria de Cristo continúa revelándose en la defensa de la vida, en la justicia, en la solidaridad y en la dignidad de los pueblos.
Referencias bibliográficas
- Assmann, H. (1997). Placer y ternura en la educación: Hacia una sociedad aprendiente. Narcea.
- Carter, W. (2001). Matthew and Empire: Initial Explorations. Trinity Press International. Carter interpreta Mateo en relación con el contexto imperial y sostiene que el evangelio presenta una alternativa a las pretensiones del poder romano.
- Carter, W. (2005). Matthew and the Margins: A Sociopolitical and Religious Reading. T&T Clark. El autor estudia Mateo como una narrativa alternativa y una comunidad capaz de resistir las autoridades dominantes.
- Davies, W. D., & Allison, D. C. (1988–1997). A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel According to Saint Matthew (3 vols.). T&T Clark. Se trata de uno de los comentarios exegéticos de referencia sobre Mateo.
- Ellacuría, I. (1991). El pueblo crucificado: Ensayo de soteriología histórica. En Escritos teológicos. UCA Editores.
- France, R. T. (2007). The Gospel of Matthew. William B. Eerdmans. El comentario presta especial atención al texto de Mateo, a su contexto histórico y a su presentación de Jesús.
- Gutiérrez, G. (1971). Teología de la liberación: Perspectivas. CEP.
- Hinkelammert, F. J. (1981). Las armas ideológicas de la muerte. DEI.
- Horsley, R. A. (2003). Jesus and Empire: The Kingdom of God and the New Political Order. Fortress Press.
- Luz, U. (2005). Matthew 21–28: A Commentary. Fortress Press. El comentario forma parte de la serie Hermeneia y desarrolla una lectura histórico-crítica y teológica del Evangelio de Mateo.
- Mbembe, A. (2011). Necropolítica. Melusina.
- Romero, Ó. A. (2005). La voz de los sin voz: La palabra viva de Monseñor Romero. UCA Editores.
- Sobrino, J. (1994). Jesucristo liberador: Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret. Trotta. La obra desarrolla una cristología centrada en el Jesús histórico, el Reino de Dios, su opción por los pobres, el conflicto con los poderosos y la realidad de las víctimas.
Escrito por: Mario Antonio Luna Rivas
Maestro en Teología Latinoamericana.



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