El fervor se desborda del uno al seis de agosto en las calles de San Salvador. Cohetes, coloridos desfiles, procesiones y banderas. El país entero pronuncia el mismo nombre: Divino Salvador del Mundo.
Pero este año la celebración camina en medio de la incertidumbre. La incertidumbre de no saber si el salario alcanzará, de si habrá trabajo mañana, de si la enfermedad tendrá medicina, de si la escuela será camino o pared.
En el Centro Histórico de San Salvador se han instalado espacios de diversión con luces multicolor, juegos mecánicos y diversas actividades. Todo brilla. Todo invita a olvidar por unas horas.
Esa imagen contrasta con la realidad que viven los salvadoreños en el resto del país. Comunidades donde el agua llega cada tres días, jóvenes que entregan currículums sin respuesta, madres que hacen milagros con cinco dólares y hospitales donde la fila empieza antes del amanecer.
La fiesta que no alcanza
Los coloridos desfiles y los campos de la feria se volvieron inalcanzables para la inmensa mayoría pobre. La pobreza se ha profundizado. El desempleo golpea con más fuerza a la juventud. El alto costo de la vida se come el salario. Y cuando se denuncia una injusticia, aparece el miedo.
Se celebra, sí. Pero con el corazón partido entre la alegría y la angustia.
Mirada desde la teología de la liberación
Desde la teología de la liberación leemos estas fiestas con los pies en el barrio. Dios no está solo en el palco ni en el discurso. Dios está en el cantón, en la parada del bus, en la olla compartida, en el maestro que enseña sin recursos.
El Divino Salvador del Mundo no vino a bendecir la desigualdad. Vino a transfigurar al pueblo. Y transfiguración es pan en la mesa, salud digna, educación que libere, trabajo con rostro humano y derechos respetados.
Monseñor Romero lo decía con claridad profética: “Se desborda la alegría, el fervor y la esperanza de un pueblo que lucha por su liberación del pecado estructural.” Ese pecado estructural hoy se llama pobreza, exclusión, corrupción e impunidad.
Celebrar al Salvador sin justicia es dejar la misa a medias. La verdadera procesión es la que camina hacia el hermano que sufre.
¿Qué celebra el pueblo?
Celebra porque no ha perdido la esperanza. Celebra con el canto en la comunidad, con la fe de que otro El Salvador es posible. Esa esperanza es resistencia. Es lo que no han podido comprar ni callar.
El verdadero homenaje
El verdadero homenaje al Divino Salvador del Mundo no será cuando terminemos los seis días de fiesta. Será cuando empecemos los 365 días de justicia.
Será cuando un joven no tenga que irse para vivir.
Cuando enfermarse no sea una sentencia.
Cuando estudiar sea un derecho.
Cuando la tierra sea cuidada y los derechos humanos no se negocien.
Hasta entonces seguiremos con dos cosas en el pecho: el fervor del pueblo y la exigencia del Evangelio.
Porque el Salvador no es solo el de la imagen que recorre las calles.
Es el que camina con los pobres, rompe cadenas y nos llama a la liberación.
Y mientras haya un niño con hambre, una madre sin medicina y un joven sin futuro, la fiesta estará incompleta.
Por Nancy Corpeño / para https://sentirconelpueblo.com



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