LA FE EN JESUCRISTO DESDE LAS VÍCTIMAS
Un ensayo desde la perspectiva de la teología de la liberación
Hablar de la fe en Jesucristo desde las víctimas significa cambiar el lugar desde donde miramos el Evangelio. No podemos comenzar solamente desde los grandes templos, desde las instituciones religiosas, desde los discursos doctrinales ni desde quienes poseen poder. Debemos comenzar desde quienes han sido heridos por la historia: los pobres, los excluidos, los migrantes, las mujeres violentadas, los niños abandonados, los ancianos olvidados, los pueblos empobrecidos y todos aquellos cuya dignidad ha sido negada.
La pregunta fundamental no es solamente: ¿Quién es Jesucristo? También debemos preguntarnos: ¿Desde dónde conocemos a Jesucristo? ¿Desde quiénes leemos su Evangelio? ¿Qué rostro de Cristo aparece cuando lo contemplamos desde las víctimas?
Porque una cosa es hablar de Jesús desde la comodidad y otra muy distinta es descubrirlo desde el sufrimiento de quienes cargan sobre sus espaldas las consecuencias de la injusticia.
1. Jesucristo no mira el sufrimiento desde lejos
El Jesús de los Evangelios no fue un espectador indiferente del dolor humano.
Cuando veía a las multitudes, sentía compasión por ellas (Mateo 9,36). Cuando encontraba enfermos, excluidos y personas consideradas impuras, se acercaba. Cuando veía hambre, no pronunciaba solamente un discurso espiritual: alimentaba.
Jesús no construyó una espiritualidad de distancia frente al sufrimiento.
Su fe tenía cuerpo.
Tenía manos que tocaban al enfermo, palabras que devolvían dignidad, pies que caminaban hacia los marginados y una voz capaz de denunciar a quienes utilizaban la religión para cargar pesados fardos sobre los demás.
Por eso, mirar a Jesucristo desde las víctimas significa recuperar al Jesús que se coloca del lado de quienes sufren.
No porque Dios ame el sufrimiento, sino porque Dios ama a quienes sufren y se opone a todo aquello que produce sufrimiento.
2. La cruz es el lugar donde la víctima clama
La cruz constituye uno de los acontecimientos más radicales de la fe cristiana.
Jesús muere como víctima de una combinación terrible de poderes religiosos, políticos y sociales. Es condenado, humillado, torturado y ejecutado.
Por eso, la cruz no puede convertirse simplemente en un objeto decorativo.
La cruz pregunta.
Pregunta por las víctimas de nuestro tiempo.
Pregunta por quienes mueren de hambre mientras otros acumulan riquezas.
Pregunta por los pueblos desplazados.
Pregunta por las mujeres asesinadas.
Pregunta por los niños que crecen sin oportunidades.
Pregunta por los trabajadores explotados.
Pregunta por quienes son encarcelados injustamente.
Pregunta por quienes viven en territorios destruidos por intereses económicos.
Y pregunta también a las Iglesias:
¿De qué lado estamos cuando la víctima grita?
Una Iglesia que contempla la cruz de Cristo pero permanece indiferente ante las cruces de los pobres corre el peligro de convertir el cristianismo en una religión sin Evangelio.
3. Las víctimas nos evangelizan
Desde la perspectiva de la teología de la liberación, existe una intuición profundamente importante: los pobres y las víctimas no son solamente destinatarios de nuestra acción pastoral. También pueden convertirse en sujetos que nos evangelizan.
Esto significa que no debemos acercarnos al pobre únicamente pensando: “Yo voy a llevarle a Dios”.
Tal vez debemos preguntarnos:
¿Qué me está revelando Dios a través de esta persona?
El rostro de una víctima puede revelar aquello que nuestra religión ha aprendido a ocultar.
Un niño hambriento puede cuestionar una Iglesia llena de discursos sobre caridad.
Una mujer violentada puede cuestionar una comunidad que habla de dignidad humana pero tolera estructuras patriarcales.
Un anciano abandonado puede cuestionar una sociedad que idolatra la productividad y considera inútiles a quienes ya no producen.
Un trabajador explotado puede cuestionar una economía que habla de progreso mientras destruye vidas.
La víctima se convierte así en una pregunta dirigida a nuestra conciencia.
4. Mateo 25: Cristo está en la víctima
Uno de los textos más fuertes del Evangelio es Mateo 25,31-46.
Jesús identifica su presencia con quienes tienen hambre, sed, están desnudos, enfermos, encarcelados o son extranjeros.
“Tuve hambre y me dieron de comer”.
La afirmación es revolucionaria.
Jesús no dice simplemente:
“Me dieron culto”.
Dice:
“Me dieron de comer”.
No dice solamente:
“Hablaron de mí”.
Dice:
“Me acogieron”.
No dice:
“Defendieron mi institución”.
Dice:
“Estuve enfermo y me visitaron”.
Aquí aparece una verdad incómoda: la fe cristiana no puede medirse únicamente por la cantidad de oraciones pronunciadas, sacramentos celebrados o templos construidos.
También debe medirse por nuestra capacidad de reconocer a Cristo en la víctima.
Porque puede ocurrir que adoremos a Cristo en el altar y lo ignoremos en la calle.
Puede ocurrir que besemos la cruz dentro del templo y pasemos indiferentes frente a quien está cargando una cruz real.
Puede ocurrir que defendamos una doctrina sobre Cristo mientras rechazamos al ser humano que Cristo vino a defender.
5. La fe no puede ser neutral ante la injusticia
La fe cristiana no puede permanecer neutral frente al sufrimiento.
La neutralidad frente a la injusticia suele terminar favoreciendo al más fuerte.
Cuando una persona está siendo golpeada y nosotros permanecemos callados, nuestro silencio no es neutral.
Cuando un pueblo es empobrecido y preferimos no hablar, nuestro silencio tiene consecuencias.
Cuando una mujer es violentada y la comunidad prefiere proteger la reputación de la institución antes que a la víctima, algo profundamente evangélico ha sido traicionado.
Jesús no fue neutral frente a los poderes de su tiempo.
Su mensaje del Reino de Dios cuestionó una sociedad marcada por exclusiones religiosas, económicas y sociales.
Por eso, creer en Jesucristo implica asumir una posición ética frente a la realidad.
No significa convertir el Evangelio en propaganda partidaria.
Significa algo mucho más profundo:
poner la vida humana por encima de los intereses del poder.
6. La víctima no necesita solamente nuestra compasión
Existe un peligro incluso dentro de las buenas obras: convertir a las víctimas en objetos de nuestra compasión.
Podemos darles comida y seguir tratándolas como inferiores.
Podemos entregar ayuda y continuar decidiendo todo por ellas.
Podemos hablar “por los pobres” sin escuchar jamás su voz.
Eso no es liberación.
La verdadera solidaridad comienza cuando reconocemos a la víctima como persona, como sujeto, como ciudadano, como creyente, como portador de dignidad y como protagonista de su propia historia.
No se trata solamente de **dar pan**.
Se trata también de preguntarnos:
¿Por qué hay personas que no tienen pan?
Ahí comienza la dimensión profética de la fe.
La caridad atiende la herida.
La justicia pregunta quién produjo la herida.
Y la liberación busca transformar las estructuras que continúan produciéndola.
7. Resucitar desde las víctimas
La fe cristiana no termina en el Viernes Santo.
La última palabra no la tiene la muerte.
La última palabra es la vida.
La resurrección de Jesús proclama que la víctima no tiene la última palabra sobre su propia historia.
Dios resucita al crucificado.
Esto significa que Dios toma partido por la vida de aquel a quien el poder quiso eliminar.
Por eso, anunciar la resurrección desde las víctimas significa trabajar para que existan condiciones reales de vida digna.
No podemos anunciar:
“Cristo ha resucitado”
y permanecer indiferentes ante quienes siguen siendo crucificados por la pobreza, la violencia, la discriminación y la exclusión.
La resurrección debe convertirse en compromiso histórico.
Cada vez que una persona recupera su dignidad, algo de la resurrección comienza a hacerse visible.
Cada vez que una comunidad rompe con la indiferencia, nace una pequeña Pascua.
Cada vez que un pueblo se organiza para defender la vida, la esperanza resucita.
8. Una Iglesia que escucha a las víctimas
Una Iglesia verdaderamente evangélica debe aprender a escuchar.
Escuchar antes de juzgar.
Escuchar antes de enseñar.
Escuchar antes de imponer.
Escuchar especialmente a quienes durante siglos han tenido que permanecer en silencio.
Las víctimas no necesitan una Iglesia que las culpe por sus heridas.
Necesitan una Iglesia que crea en su palabra, las acompañe, las proteja y trabaje para que la injusticia no vuelva a repetirse.
La autoridad cristiana no puede consistir en dominar.
Debe consistir en servir.
Jesús lo dijo con claridad:
“El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”(Marcos 9,35).
Por eso, una Iglesia que se acerca a las víctimas no debe hacerlo desde arriba, sino desde la fraternidad.
No desde el poder.
Desde la cercanía.
No desde la superioridad.
Desde la humildad.
9. La fe en Jesucristo exige una conversión
Creer en Jesús desde las víctimas nos obliga a convertir nuestra manera de mirar.
Tenemos que aprender a mirar donde normalmente no queremos mirar.
Mirar la pobreza.
Mirar la violencia.
Mirar la corrupción.
Mirar la exclusión.
Mirar el abandono.
Mirar las heridas producidas por nuestras propias instituciones.
Porque aquello que no queremos mirar termina convirtiéndose en aquello que permitimos.
La conversión cristiana no consiste solamente en cambiar algunas prácticas personales.
También significa cambiar nuestra relación con los demás y con las estructuras sociales que generan sufrimiento.
Por eso, la pregunta de Jesús continúa golpeando nuestra conciencia:
“¿Dónde está tu hermano?” (cf. Génesis 4,9).
10. Conclusión: creer en Cristo es ponerse del lado de la vida
La fe en Jesucristo desde las víctimas no es una espiritualidad triste ni una religión centrada exclusivamente en el sufrimiento.
Es una fe que mira la cruz, pero camina hacia la resurrección.
Es una fe que escucha el grito de las víctimas y responde con solidaridad, justicia y esperanza.
Es una fe que descubre que Jesús continúa caminando por nuestras calles.
Está en el rostro del niño que tiene hambre.
En la mujer que lucha por sobrevivir.
En el anciano que ha sido abandonado.
En el migrante que busca una oportunidad.
En el trabajador que exige dignidad.
En el campesino que defiende su tierra.
En el pueblo que reclama justicia.
En toda persona cuya dignidad ha sido pisoteada.
Por eso, la pregunta final no es simplemente si creemos en Jesucristo.
La pregunta es mucho más exigente:
¿Qué hacemos cuando encontramos a Cristo crucificado delante de nosotros?
Porque quizá la verdadera profesión de fe no consiste solamente en decir:
“Creo en Jesucristo”.
Quizá consiste en poder decir:
“Reconocí a Jesucristo en la víctima, me acerqué a ella, escuché su clamor y decidí poner mi vida al servicio de su liberación”.
Ahí la fe deja de ser solamente una doctrina.
Se convierte en camino.
Se convierte en compromiso.
Se convierte en esperanza.
Y se convierte, finalmente, en una fe capaz de decir con el Evangelio:
“He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10,10).
Porque creer en Jesucristo desde las víctimas significa elegir la vida allí donde la muerte parece tener la última palabra.
La fe verdadera no contempla la cruz desde lejos: se acerca, escucha el grito del crucificado y trabaja para que ningún ser humano tenga que vivir condenado a una cruz.
# LA FE EN JESUCRISTO DESDE LAS VÍCTIMAS
Del Cristo de la fe al Cristo que camina con los crucificados
11. La víctima cuestiona nuestra imagen de Dios
Uno de los grandes desafíos de una fe vivida desde las víctimas consiste en reconocer que también nuestras imágenes de Dios necesitan conversión.
Durante siglos, muchas personas han aprendido a imaginar a Dios como un ser distante, poderoso y casi indiferente ante el sufrimiento humano. Un Dios que observa desde arriba, que premia y castiga, que exige obediencia y que parece pedir resignación a quienes sufren.
Pero el Dios revelado por Jesucristo es diferente.
Jesús no anuncia un Dios indiferente al dolor.
Anuncia al Dios que escucha el clamor.
Al Dios que se acerca.
Al Dios que libera.
Al Dios que levanta al caído.
Por eso, cuando una religión utiliza a Dios para justificar la resignación de las víctimas, debemos preguntarnos si realmente está anunciando al Dios de Jesucristo.
El Dios del Evangelio no le dice al pobre:
“Acepta tu pobreza porque esa es la voluntad de Dios”.
Jesús nunca convirtió la injusticia en voluntad divina.
Por el contrario, anunció un Reino donde los últimos serían reconocidos, los hambrientos serían saciados y quienes lloran encontrarían consuelo.
La fe no puede convertirse en anestesia.
La fe debe convertirse en despertar.
12. Jesús no glorifica el sufrimiento
Existe una interpretación peligrosa de la cruz: pensar que Dios quiere que suframos.
No.
Jesús no vino a enseñarnos a amar el sufrimiento.
Vino a enseñarnos a amar la vida.
La cruz aparece porque existen estructuras humanas capaces de destruir la vida.
Jesús denuncia esas estructuras y por eso entra en conflicto con ellas.
Esto tiene consecuencias enormes.
Una mujer que sufre violencia no necesita escuchar que debe “cargar su cruz”.
Necesita ser protegida.
Un niño que pasa hambre no necesita una explicación religiosa sobre la pobreza.
Necesita alimento, educación, cuidado y dignidad.
Una persona explotada no necesita solamente que le digamos que tenga paciencia.
Necesita justicia.
Decirle a una víctima que debe soportar su sufrimiento puede convertirse en una forma religiosa de complicidad.
El Evangelio no nos llama a conservar las cruces injustas.
Nos llama a ayudar a quitarlas.
13. El pecado también tiene dimensiones sociales
No todo pecado puede reducirse a una decisión individual.
Existen estructuras que producen exclusión, pobreza, violencia y muerte.
Cuando una sociedad permite que miles de personas vivan sin acceso digno a alimentación, salud, educación o vivienda, estamos ante una realidad que no puede explicarse solamente por las decisiones personales de cada individuo.
La pregunta cristiana debe ser:
¿Qué estructuras están produciendo víctimas?
Aquí la fe adquiere una dimensión profundamente social.
El pecado puede institucionalizarse.
Puede convertirse en sistema.
Puede esconderse detrás de leyes injustas, corrupción, discriminación, explotación económica o abuso de poder.
Por eso, la conversión cristiana debe alcanzar también las estructuras.
No basta con pedirle al individuo que sea bueno mientras dejamos intacto aquello que genera injusticia.
14. El Evangelio frente a los poderes
Jesús no fue ejecutado porque simplemente enseñara a las personas a ser amables.
Su mensaje del Reino de Dios tenía consecuencias concretas.
Cuando decía:
“Bienaventurados los pobres”,
estaba colocando a los últimos en el centro.
Cuando decía:
“No pueden servir a Dios y al dinero” (Mateo 6,24),
estaba denunciando una idolatría.
Cuando expulsaba a los vendedores del templo (Marcos 11,15-17), cuestionaba la utilización de lo sagrado para intereses económicos.
Cuando se sentaba con pecadores, excluidos y personas despreciadas, rompía fronteras sociales y religiosas.
Jesús incomodaba.
Y una Iglesia que realmente quiera seguir a Jesús tendrá que aceptar que el Evangelio también puede incomodar.
Si nuestra predicación nunca cuestiona nada, quizá hemos domesticado el Evangelio.
Si nuestra religión nunca molesta a los poderosos, quizá debemos preguntarnos qué hemos perdido del mensaje de Jesús.
15. La memoria de las víctimas es memoria de Cristo
Una sociedad injusta suele intentar olvidar.
Olvida nombres.
Olvida historias.
Olvida muertos.
Olvida comunidades.
Olvida responsabilidades.
Pero el cristianismo posee una memoria peligrosa: la memoria del crucificado.
Cada celebración de la pasión de Cristo proclama que no debemos olvidar a quien fue asesinado.
Por eso, una espiritualidad desde las víctimas debe cultivar la memoria.
Recordar a las víctimas es una forma de justicia.
Pronunciar sus nombres es devolverles dignidad.
Escuchar sus historias es resistir al olvido.
Contar lo que ocurrió es impedir que la injusticia sea repetida como si nunca hubiera sucedido.
La memoria cristiana no busca alimentar odio.
Busca impedir la repetición de la violencia.
No podemos construir una verdadera reconciliación sobre el silencio.
No hay paz auténtica cuando se obliga a las víctimas a olvidar.
La paz necesita verdad.
Necesita justicia.
Necesita reparación.
Necesita memoria.
16. Perdón no significa impunidad
También aquí el Evangelio debe ser entendido con profundidad.
Jesús habla del perdón.
Pero el perdón cristiano no puede utilizarse como una herramienta para silenciar a las víctimas.
Decirle a alguien:
“Tienes que perdonar”
sin haber escuchado su dolor puede convertirse en una nueva violencia.
El perdón no significa negar lo ocurrido.
No significa declarar inocente al culpable.
No significa eliminar la responsabilidad.
No significa renunciar a la justicia.
El perdón auténtico solamente puede ser profundamente libre.
Y la justicia es necesaria para construir una reconciliación verdadera.
Una Iglesia que acompaña a las víctimas debe aprender a distinguir entre reconciliación y encubrimiento.
No puede hablar de paz mientras protege a los responsables de la violencia.
17. Las mujeres y el rostro de Cristo víctima
La perspectiva de las víctimas también exige escuchar especialmente a las mujeres.
Muchas mujeres han sufrido violencia dentro y fuera de espacios religiosos.
Han sido silenciadas.
Han sido excluidas de espacios de decisión.
Han sido tratadas como inferiores.
Han sido juzgadas por estructuras culturales y religiosas profundamente patriarcales.
Pero Jesús rompió muchos de los esquemas de su época.
Habló públicamente con mujeres.
Las escuchó.
Las reconoció.
Las convirtió en testigos.
María Magdalena aparece en los Evangelios como testigo de la resurrección.
Esto tiene una fuerza enorme.
En una cultura donde el testimonio femenino tenía un peso limitado, el Evangelio coloca a una mujer en el corazón del anuncio pascual.
La Iglesia debe escuchar esta memoria.
No puede seguir hablando de las mujeres solamente como destinatarias de la pastoral.
Las mujeres son sujetos de la Iglesia.
Son teólogas.
Son líderes.
Son servidoras.
Son anunciadoras.
Son constructoras de comunidad.
Y una Iglesia que excluye sistemáticamente la voz de las mujeres termina mutilando una parte fundamental de su propio cuerpo.
18. Los pobres no son una categoría: tienen rostro
Decimos “los pobres” con mucha facilidad.
Pero detrás de esa palabra existen personas concretas.
Tiene nombre la madre que no puede comprar alimentos.
Tiene nombre el niño que abandona la escuela para trabajar.
Tiene nombre el anciano que vive solo.
Tiene nombre el trabajador cuyo salario no alcanza.
Tiene nombre la familia que perdió su vivienda.
Tiene nombre la persona que duerme en la calle.
Tiene nombre el migrante que fue rechazado.
La pobreza no es una estadística.
La pobreza tiene rostro.
Y cuando la pobreza tiene rostro, nuestra relación con ella cambia.
Jesús nunca vio masas anónimas.
Vio personas.
Zaqueo.
Bartimeo.
La mujer samaritana.
La mujer enferma.
Jairo.
El ciego.
El leproso.
La viuda.
Lázaro.
El Evangelio está lleno de rostros.
Por eso, la pastoral cristiana no puede limitarse a números.
Necesita encuentros.
Necesita escuchar historias.
Necesita compartir la mesa.
Necesita caminar con la gente.
19. Emaús: reconocer a Cristo mientras caminamos
La comunidad de Emaús ofrece una imagen extraordinaria para comprender la fe desde las víctimas.
Dos discípulos caminan decepcionados.
Han perdido la esperanza.
Su proyecto se ha derrumbado.
Jesús se acerca, pero ellos no lo reconocen.
Esto es profundamente significativo.
Cristo está camina


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