Tus heridas son mis heridas
Pequeña disertación.
Hermanos y hermanas, decir «tus heridas son mis heridas» es reconocer que el dolor del otro no puede dejarnos indiferentes. Es comprender que nadie debería sufrir en soledad, porque somos humanidad compartida.
Jesús de Nazaret se acercó a los enfermos, abrazó a los excluidos y devolvió la dignidad a quienes la sociedad despreciaba. En su vida descubrimos que amar no consiste solamente en hablar de Dios, sino en hacernos prójimos de quienes sufren.
Tus heridas son mis heridas cuando tu hambre me duele, cuando tu injusticia me indigna y cuando tus lágrimas me comprometen. No se trata de sentir lástima, sino de practicar la solidaridad, tender la mano y caminar juntos hacia la esperanza.
Desde la teología de la liberación comprendemos que Dios también nos interpela desde el rostro del pobre, del marginado y del olvidado. Allí donde una persona sufre, nuestra fe está llamada a convertirse en servicio y compromiso.
Como nos recuerda Jesús: «En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mateo 25,40).
Conclusión: Que nunca seamos una Iglesia que contemple las heridas desde lejos, sino una comunidad que las cure con amor, justicia y solidaridad. Porque cuando aprendemos a cargar juntos nuestras cruces, el dolor deja de ser abandono y se convierte en camino de esperanza.
Oración final: Señor Jesús, danos ojos para ver el sufrimiento, corazón para sentir el dolor ajeno y manos para trabajar por un mundo más humano. Que las heridas de nuestros hermanos nunca nos resulten indiferentes. Amén.
Escrito por: Rev. DOUGLAS CALDERÓN MORILLAS / Perú/para sentirconelpueblo.com



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