En abril de 1977, recién llegado a la Arquidiócesis de San Salvador, Monseñor Óscar Arnulfo Romero escribe su Primera Carta Pastoral: La Iglesia Cuerpo de Cristo en la Historia. No es una carta de saludo protocolar. Es la carta fundacional de su ministerio profético. En ella define, con una claridad que nos ilumina hasta hoy, qué es la Iglesia.
La Iglesia no es un edificio. No es una ONG. No es un poder más en la sociedad. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo en la Historia.
Esa idea es central en la Teología de la Liberación. El Cuerpo de Cristo no está fuera de la historia, está encarnado en ella. Y si está encarnado, sufre donde el pueblo sufre, llora donde el pueblo llora, y espera donde el pueblo espera. Una Iglesia que no se encarna en el dolor y la esperanza de los pobres, deja de ser Cuerpo de Cristo.
Por ser Cuerpo de Cristo, la Iglesia tiene dos deberes irrenunciables que Romero subraya en esta carta: denunciar el pecado y llamar a la conversión.
Así lo escribió: Como Jesús, la Iglesia tiene que seguir denunciando el pecado de nuestros días. Tiene que denunciar el egoísmo que se esconde en el corazón de todos los hombres, el pecado que deshumaniza a los hombres, que deshace a la familia, que convierte el dinero, la posesión, el lucro y el poder como fin de los hombres. Y, como cualquiera que tenga un mínimo de visión, una mínima capacidad de análisis, la Iglesia tiene que denunciar lo que se ha llamado pecado estructural, es decir aquellas estructuras sociales, económicas, culturales y políticas que marginan eficazmente a la mayoría de nuestro pueblo. Cuando la Iglesia oye el clamor de los oprimidos no puede menos que denunciar las formaciones sociales que causan y perpetúan la miseria de la que surge ese clamor.
Aquí Romero da un paso teológico decisivo. No solo hay pecadores, hay pecado estructural. No solo hay quien peca, hay estructuras que hacen pecar y que hacen sufrir. Estructuras que convierten el dinero, la propiedad y el poder en absolutos, en ídolos. Estructuras que generan marginación, miseria y muerte. Y frente a eso, la Iglesia no puede callar. Si calla, traiciona al Evangelio.
Denunciar el pecado estructural es un acto de amor. No es hacer política partidista. Es hacer Evangelio. Como decía Gustavo Gutiérrez, denunciar la injusticia es anunciar que Dios no quiere esa injusticia.
Pero la denuncia no es el final. Es el camino hacia la conversión. La Iglesia denuncia para llamar a la conversión.
El deber de la fidelidad a Cristo.
Romero insiste en esta carta que la fidelidad de la Iglesia no es a un sistema, ni a un gobierno, ni a un partido, ni a una clase social. El deber de la Iglesia es la fidelidad a Cristo. Y ser fiel a Cristo en El Salvador de 1977, como en el de 2026, significaba optar por los pobres, porque Cristo ya optó por ellos.
Ser fiel a Cristo es no avergonzarse del Evangelio liberador. Es no recortar la Palabra para que no incomode a los poderosos.
Ilumina la construcción del Reino de Dios.
¿Para qué denuncia y llama a la conversión?
Para iluminar la construcción del Reino de Dios.La Iglesia no construye el Reino sola, pero lo ilumina. Lo anuncia. Dice que otro mundo es posible, porque es el mundo querido por Dios. Un Reino donde la vida del pobre vale más que el lucro, donde el pan se comparte, donde la dignidad es de hijos e hijas de Dios y no de esclavos del mercado o del poder.
Esa es la tarea del Cuerpo de Cristo en la historia: ser luz. Una luz que incomoda a las tinieblas, pero que alumbra el camino del pueblo.
Hoy, esa Primera Carta Pastoral sigue vigente. Los templos, las calles y las comunidades siguen preguntando: ¿De qué lado está la Iglesia? Romero respondió hace casi 50 años: del lado de Cristo, encarnada en la historia, denunciando el pecado que mata y anunciando el Reino que da vida.
Escrito por Alberto Colorado.



No Comment! Be the first one.