La misa del 13 de mayo, fue de un simbolismo casi medieval: bajo los arcos neogóticos del nuevo templo de los Heraldos del Evangelio, el presidente Nayib Bukele, acompañado de su familia, se presentaba ante la Virgen de Fátima. Sin embargo, fuera de las naves inciensadas del templo, el aire que se respira en El Salvador es de una tensión profunda. La asistencia del mandatario no fue solo un acto de piedad personal; fue un evento que colisionó frontalmente con la realidad ambiental de la zona, la historia religiosa del presidente y una política de Estado que muchos consideran antagónica a la doctrina social católica.
Un templo sobre una herida ambiental
La consagración de este templo no ocurre en cualquier lugar. Se alza sobre el Valle el Ángel, una zona que se ha convertido en un símbolo de la resistencia ambiental en El Salvador. Durante años, movimientos sociales y el Foro del Agua han denunciado que la urbanización masiva en esta área —vital para la recarga hídrica de San Salvador— es un “ecocidio” en potencia.
La contradicción es estética y ética. Mientras en el interior del templo se celebra la “creación” y la fe, afuera, el avance del asfalto amenaza con dejar sin agua a miles de familias de Apopa y Nejapa. Para los críticos, la presencia de la familia presidencial en este lugar es la validación de un modelo de desarrollo que prioriza la plusvalía inmobiliaria sobre el derecho humano al agua. Aquí, la frase “por sus frutos los conoceréis” cobra un matiz terrenal: los frutos de esta zona no son solo espirituales, sino de concreto y deforestación.
El evangelio frente a la realidad: ¿Mercaderes o Devotos?
Durante la liturgia de consagración, las lecturas bíblicas suelen invocar la santidad del templo como “casa de oración”. No obstante, en las redes sociales salvadoreñas, el sentimiento predominante fue el de la indignación bíblica. Las menciones a los “fariseos” y los memes de Jesús expulsando a los mercaderes del templo inundaron las plataformas.
Este paralelismo surge de una percepción de hipocresía. Los críticos señalan que el gobierno, al tiempo que participa en solemnidades religiosas, ha impulsado políticas que la jerarquía católica ha condenado como “pecados contra la naturaleza”. El caso más flagrante es el giro hacia la minería metálica. Tras años de prohibición —un logro histórico de la Iglesia liderado por Monseñor Luis Escobar Alas y organizaciones sociales—, la reapertura de esta industria ha sido vista como una traición al cuidado de la “Casa Común” que predicaba el Papa Francisco en su encíclica Laudato si’.
¿Cómo puede un gobernante arrodillarse ante una virgen mientras sus políticas abren la puerta al cianuro en los ríos? Esta es la pregunta que genera el debate del “mercantilismo de la fe”.
La teología entre Fátima y Mayan
Uno de los puntos más intrigantes es la identidad religiosa de Nayib Bukele. Es de conocimiento público que el presidente no es católico; su herencia es islámica por parte de padre, pero él se ha posicionado como un creyente “deísta” o “cristiano sin denominación”. Aquí surge una disonancia teológica: la fe católica en Fátima se basa en el reconocimiento de una aparición mariana y un milagro. Sin embargo, desde la perspectiva religiosa que rodea al entorno del presidente, no existe una creencia en los milagros católicos tradicionales ni en la intercesión de la Virgen.
Fuentes cercanas y analistas de su discurso señalan que su cosmovisión está más alineada con conceptos como los de Mayan (el “Todo” o la energía divina en ciertas interpretaciones místicas), lo que hace que su participación en una misa de los Heraldos del Evangelio se perciba más como una pieza de ajedrez político que como un acto de fe sincera. Al asistir a una ceremonia de una de las congregaciones más conservadoras y estéticamente rígidas de la Iglesia, Bukele busca conectar con un sector del electorado que valora el orden y la tradición, a pesar de que sus convicciones privadas disten mucho de la doctrina mariana.
La Iglesia Perseguida vs. La Iglesia Aliada
La relación de Bukele con el catolicismo. Por un lado, el oficialismo ha mantenido una retórica hostil contra párrocos y comunidades de base que cuestionan el estado de excepción o los abusos a derechos humanos. Varios sacerdotes han denunciado acoso en redes sociales por parte de troles gubernamentales tras emitir homilías críticas.
Por otro lado, la asistencia a la inauguración de los Heraldos del Evangelio muestra la preferencia del Ejecutivo por una “religión de vitrina”: estética, silenciosa ante el poder político y enfocada en la liturgia tradicional más que en la justicia social. Mientras los párrocos de barrio claman por los detenidos inocentes o por el acceso al agua, el presidente elige la compañía de una congregación que, por su naturaleza, se mantiene al margen de la denuncia social latinoamericana.
El veredicto de la opinión pública
La llegada de los Bukele a la misa de Fátima no fue un error de cálculo; fue una declaración de intenciones. El gobierno sabe que la simbología religiosa sigue siendo el pegamento social de El Salvador. Sin embargo, al hacerlo en el corazón de la zona en disputa de Valle El Ángel y bajo la sombra de la minería metálica, han activado una memoria colectiva poderosa: la del Jesús que no toleró que la fe fuera utilizada para encubrir los intereses de los poderosos. La narrativa de “los fariseos” que circula en redes sociales no es solo un insulto digital, sino un diagnóstico político. Señala la distancia entre el ritual y la política, entre el incienso y la justicia. En última instancia, la historia no juzgará a Bukele por las misas a las que asistió, sino por si el agua del Valle del Ángel siguió fluyendo para los pobres o si se convirtió en el precio de una nueva catedral de asfalto.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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