Hoy, Viernes Santo, no es un recuerdo lejano.
No es una liturgia que se encierra en los templos.
Es un grito que atraviesa la historia… y que hoy vuelve a escucharse entre escombros, humo y cuerpos heridos.
Trump y Netanyahu bombardean un centro médico, un lugar dedicado a la vida, a la investigación, a la producción de vacunas, y lo convierten en ruinas. No es un hecho aislado, es la expresión de un poder que decide qué vidas importan y cuáles pueden ser sacrificadas, qué cuerpos merecen cuidado y cuáles pueden ser reducidos a escombros.
Una reflexión teológica sobre la cruz en el hoy exige reconocer que no es un símbolo abstracto. La cruz tiene nombre y geografía. Se levanta allí donde la violencia del poder cae sobre los cuerpos vulnerados, sobre las tierras habitadas, sobre los espacios donde la vida se cuida y se defiende. Porque cuando se destruye un instituto de salud, cuando se bombardea una fábrica farmacéutica, cuando se ataca una universidad, la cruz deja de ser memoria y se convierte en historia viva.
Jesús fue ejecutado por el poder político, militar y religioso de su tiempo. El Evangelio de Juan (11,50) recoge las palabras de Caifás, el sumo sacerdote, quien argumenta cínicamente que es mejor que muera un solo hombre —Jesús— a que toda la nación perezca. Esa lógica no ha desaparecido. Se repite cada vez que se justifica la destrucción de la vida en nombre de una supuesta seguridad, cada vez que se sacrifica a pueblos enteros para sostener proyectos de dominación.
Han jurado llevarlos a la Edad de Piedra y han querido reducir al silencio y cubrir con decretos la historia de Irán, borrar sus saberes, su ciencia, su memoria acumulada en espacios dedicados a la vida. Pero la historia no se borra con bombardeos, ni la dignidad se extingue con amenazas. La vida insiste, incluso cuando todo parece arrasado.
No es casual que quienes ejercen esta violencia invoquen a Dios. Se construyen discursos donde el poder se reviste de lenguaje sagrado, donde la guerra se presenta como necesaria, incluso como justa, donde se apela a elecciones divinas o destinos históricos para legitimar la destrucción. Pero el Dios Padre y Madre de la vida no se reconoce en esos relatos. Su voz no avala la muerte, no bendice la violencia, no habita en la imposición.
La cruz del Viernes Santo revela esa verdad con crudeza. Dios no está del lado de quienes destruyen, sino del lado de quienes son heridos. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Ese grito atraviesa los siglos y hoy resuena en cada cuerpo alcanzado por la guerra, en cada comunidad que ve caer sus hospitales, en cada vida interrumpida por la violencia.
Jesús vino a curar, a tocar lo intocable, a restaurar lo que había sido negado. “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres… a dar libertad a los oprimidos” (Lc 4,18). Allí donde alguien cuida, donde se investiga para salvar vidas, donde se protege la salud de los pueblos, allí sopla la Ruah, aliento de Dios que es también aliento de vida, de ternura obstinada, de resistencia que no se rinde.
Destruir un centro de salud es intentar sofocar ese aliento. Es golpear los lugares donde la vida se hace concreta, donde el conocimiento se pone al servicio del cuidado, donde se encarna la esperanza.
Y sin embargo, la Ruah sigue moviéndose entre las ruinas. Se cuela entre el polvo, respira en las manos que rescatan, habita en quienes no abandonan, en quienes acompañan, en quienes lloran y siguen sosteniendo la vida. Como en el origen, cuando el aliento de Dios se cernía sobre el caos (Gn 1,2), también hoy sigue gestando vida en medio de la destrucción.
El silencio de este día no es indiferencia. Es un silencio cargado de memoria, de dolor y de denuncia. Es el silencio que escucha el clamor de la tierra y de los cuerpos, que se niega a justificar lo injustificable, que nombra la violencia sin encubrirla.
Y aunque la cruz siga levantándose en la historia, no tiene la última palabra.
Porque en lo profundo de la tierra herida,
en los cuerpos que resisten,
en la memoria que no se deja borrar,
y en la ternura que insiste en cuidar la vida,
ya está latiendo aun en medio del dolor , el aliento indomable de la Ruah.
Escrito por: Lucha Castro



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