El silencio, mi oración
Señor,
hoy no vengo a pedirte nada.
No traigo palabras hermosas,
ni respuestas,
ni siquiera fuerzas para explicarte lo que llevo dentro.
Hoy vengo solamente con mi silencio.
Ese silencio que conoce mis heridas,
que ha escuchado mis noches,
que ha recogido mis lágrimas
cuando nadie las vio.
Me quedo aquí, delante de Ti,
sin esconderme.
Porque Tú sabes lo que callo.
Sabes aquello que mi boca no se atreve a pronunciar,
las preguntas que guardo en lo profundo,
los nombres que llevo en el corazón,
las ausencias que todavía duelen
y los sueños que alguna vez puse en tus manos.
Por eso, Señor,
si hoy no puedo rezar,
quédate conmigo en mi silencio.
Si no puedo cantar,
escucha mi corazón.
Si no puedo comprender tus caminos,
enséñame a confiar en tu presencia.
Porque he descubierto que también se ora llorando,
también se ora esperando,
también se ora cuando uno siente que el cielo permanece callado.
Y quizá la oración más verdadera
no sea la que pronuncio con los labios,
sino aquella que nace cuando ya no tengo palabras
y, aun así, sigo buscándote.
Aquí estoy, Señor.
Con mis dudas y mi fe pequeña.
Con mis derrotas y mis ganas de volver a empezar.
Con todo aquello que soy
y con todo aquello que todavía no logro ser.
No necesito que me expliques todo.
Solo necesito saber que no camino solo.
Quédate.
Quédate cuando mi corazón se canse.
Quédate cuando la esperanza parezca apagarse.
Quédate cuando no entienda por qué algunas puertas se cierran
y por qué algunas lágrimas tardan tanto en secarse.
Quédate, Señor.
Y si alguna vez mi silencio parece vacío,
hazme descubrir que estaba lleno de Ti.
Porque quizá el silencio no sea ausencia,
sino el lugar donde finalmente
puedo escucharte.
Y entonces comprenderé
que no siempre necesito hablarte para orar.
A veces basta con permanecer.
Permanecer junto a Ti.
Respirar.
Llorar.
Esperar.
Confiar.
Y decirte desde lo más profundo del alma:
Aquí estoy, Señor.
No tengo palabras,
pero te entrego mi silencio.
No tengo respuestas,
pero te entrego mi confianza.
No tengo fuerzas,
pero te entrego mi corazón.
Y si mi silencio es lo único que puedo ofrecerte,
recíbelo.
Porque hoy, Señor,
mi silencio es mi oración,
mis lágrimas son mi plegaria,
mi espera es mi fe
y mi corazón, aun herido,
sigue diciendo:
“Quédate conmigo”.
Escrito por : el presbítero Douglas Calderón Morillas



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