América Latina corre el riesgo de parecerse cada vez más al modelo político representado por Donald Trump cuando el autoritarismo desplaza a la democracia, cuando el nacionalismo excluyente se convierte en una herramienta para sembrar odio, cuando la mentira pretende sustituir a la verdad y cuando el poder deja de servir al pueblo para ponerse al servicio de las élites económicas y de los intereses particulares.
No se trata de copiar a una persona, sino de adoptar una forma de hacer política basada en la confrontación permanente, el culto a líderes que se presentan como salvadores, el desprecio por las instituciones democráticas, la persecución de las voces críticas y la criminalización de quienes luchan por la justicia social.
Cuando se normaliza el discurso del odio contra los pobres, los migrantes, los pueblos indígenas, las mujeres o cualquier grupo considerado diferente, la democracia comienza a vaciarse de contenido. Cuando la corrupción se justifica, la desigualdad se profundiza y los derechos humanos dejan de ser una prioridad, la libertad termina siendo un privilegio de unos pocos.
América Latina tiene otra historia. Es la historia de pueblos que resistieron al colonialismo, a las dictaduras, al saqueo de sus recursos y a la exclusión. Es la historia de hombres y mujeres que entregaron su vida por una sociedad más justa, más solidaria y más democrática.
Nuestra región no necesita importar modelos de intolerancia ni proyectos políticos construidos sobre el miedo. Necesita fortalecer la participación popular, defender las instituciones democráticas, proteger los derechos humanos y construir economías al servicio de la vida y no del lucro.
América Latina no necesita parecerse a Trump. Necesita parecerse más a sus pueblos, a su memoria de resistencia, a su compromiso con la justicia social, la dignidad humana, la igualdad y una democracia que no sea solamente electoral, sino también social, participativa y profundamente humana.
Escrito por: Douglas Calderón Morillas / ICAC/ Perú



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