El Guardián del Corpus Christi y de la Vara de los Izalco
La historia oficial de El Salvador ha intentado, durante décadas, reducir el levantamiento de 1932 a una simple incursión de “hordas comunistas” influenciadas por ideologías extranjeras. Sin embargo, en el corazón del occidente salvadoreño, el nombre de Feliciano Ama resuena con una frecuencia distinta. Para comprender 1932, no hay que mirar solo hacia Moscú o hacia las oficinas del naciente Partido Comunista Salvadoreño, sino hacia el interior de las capillas de adobe, el humo del copal y el poder simbólico de las cofradías. Ama no fue solo un revolucionario; fue el Mayordomo de la Cofradía del Corpus Christi, un líder espiritual que entendió que la fe y la tierra eran una misma raíz.
El guardián de la Cofradía
A principios del siglo XX, en Izalco, la estructura social indígena no se movía por decretos gubernamentales, sino por el ritmo de las festividades religiosas. Feliciano Ama emergió como una figura central dentro de este sistema de Cofradías. Estas instituciones, heredadas de la colonia, no eran simples clubes de oración; eran el último refugio de la autonomía indígena.
En la cofradía, Ama ejercía un liderazgo que fusionaba el catolicismo popular con la cosmovisión indígena. El sincretismo no era una confusión de creencias, sino una estrategia de resistencia. Bajo el manto de los santos cristianos, los pueblos originarios preservaban sus estructuras de autoridad y ayuda mutua. Como “Guardián de la Vara”, Ama poseía una legitimidad que ningún político de San Salvador podía igualar. Su labor desde la Iglesia Católica era la de un articulador, utilizaba las procesiones y los ritos para mantener la cohesión de una comunidad que veía cómo sus tierras ejidales y comunales eran devoradas por la expansión cafetalera. Para Ama, la fe era una herramienta de liberación; el cielo no era solo una promesa futura, sino un mandato para proteger el territorio sagrado que Dios había dado a sus hijos.
El Líder de los Izalcos
El desarrollo de Ama como líder político fue una evolución natural de su liderazgo religioso. Las injusticias del sistema de colonato, donde el indígena trabajaba la tierra que antes era suya a cambio de una ración de comida y un salario miserable, estas realidades convirtieron las reuniones de las cofradías en espacios de análisis sociopolítico.
Fue en este punto donde el camino de Ama se cruzó con los movimientos obreros y la naciente organización comunista de figuras como Farabundo Martí. No obstante, es un error histórico suponer que Ama fue un “títere” del comunismo. Su lucha era indigenista, de fe y campesina agraria. Los movimientos obreros aportaron la estructura organizativa y el lenguaje de clase, pero la fuerza motriz de los Izalcos era la recuperación de la dignidad y la tierra ancestral.
Investigadores como Jeffrey Gould y Aldo Lauria-Santiago han documentado cómo la red de cofradías sirvió como la infraestructura logística para la insurrección. No se necesitaban panfletos clandestinos cuando se tenía el sistema de correos humanos de la comunidad religiosa. El liderazgo de Ama era el de un Tata, un padre, que guiaba a su pueblo no solo hacia una mejora económica, sino hacia la restauración de un orden cósmico roto por la avaricia de la oligarquía cafetalera.
El icono ahorcado y la quema de Nahuizalco
La noche del 22 de enero de 1932, el occidente estalló. La insurrección fue una explosión de dolor acumulado. En este contexto, “un evento a menudo oscurecido por la narrativa centralista” es la acción de las poblaciones negras de Atiquizaya. Durante los hechos del 32, este grupo descendiente de los antiguos asentamientos coloniales de la zona occidental, marchó hacia Nahuizalco y quemó la iglesia. Este acto, cargado de simbolismo, representaba la ruptura con una institución que, en su jerarquía oficial (distinta a la fe popular de Ama), se percibía como cómplice del despojo.
Feliciano Ama fue capturado poco después del inicio de las hostilidades. La imagen de su cuerpo colgado de una ceiba en el parque de Izalco es una de las fotografías más dolorosas de nuestra historia. Fue acusado de comunista para despojarlo de su identidad indígena y justificar el etnocidio que vendría después. El régimen del general Maximiliano Hernández Martínez no solo quería matar al hombre, sino erradicar la cultura que lo sostenía.
Como bien se retrata en la literatura, específicamente en fragmentos de “Cenizas de Izalco” de Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll, el ambiente de la época era de una tensión eléctrica, donde el aroma del café se mezclaba con el olor a pólvora y sangre. La ejecución de Ama marcó el inicio de “La Matanza”, un periodo donde portar refajo o hablar náhuat se convirtió en una sentencia de muerte.
La resurrección en la Cofradía actual
A casi un siglo de aquellos hechos, la figura de Feliciano Ama ha transitado del trauma al símbolo de resistencia. Hoy, las cofradías de Izalco y Nahuizalco no solo sobreviven, sino que son el epicentro de la revitalización cultural.
- El Guardián: Sigue vivo en los mayordomos que custodian las imágenes y la tradición.
- El Líder: Se refleja en las organizaciones indígenas que hoy luchan por el reconocimiento constitucional y la protección de los recursos naturales.
- El Revolucionario: Vive en la memoria de un pueblo que cada enero se reúne para conmemorar a sus mártires, no como víctimas pasivas, sino como actores políticos que desafiaron a un imperio cafetalero.
El sincretismo que Ama practicaba sigue vigente. En las conmemoraciones actuales, es común ver altares donde conviven la cruz cristiana con los cuatro puntos cardinales de la cosmovisión indígena. La labor de Ama demostró que la espiritualidad no tiene por qué ser el opio del pueblo; puede ser, por el contrario, el fuego que encienda la búsqueda de la justicia. Feliciano Ama no fue el “comunista” que los libros escolares de antaño describían, ni el “bandido” de los informes militares. Fue un hombre de fe que entendió que su deber sagrado como guardián de la cofradía era proteger la vida de su gente. Su historia es un recordatorio de que, en El Salvador, la lucha por la tierra siempre ha pasado por el corazón de la identidad. Hoy, al ver las procesiones recorrer las calles de Izalco o, a nuestros pueblos indígenas recordando el etnocidio, sabemos que el espíritu del Tata Feliciano sigue caminando, recordándonos que mientras existan guardianes de la memoria, el fuego de la dignidad no se apagará.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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