Cuando la liturgia se vuelve rutina
Cuando la liturgia se vuelve rutina, las palabras siguen sonando, pero el corazón ya no responde. Los gestos se repiten con exactitud, las oraciones se dicen de memoria, y sin darnos cuenta el misterio se vuelve costumbre.
No es la liturgia la que se vacía, somos nosotros los que llegamos cansados, distraídos, apurados. El rito permanece vivo, pero nuestra mirada se acostumbra y deja de asombrarse. Entonces el “Amén” pierde fuerza, el silencio incomoda y el altar parece un mueble más.
La rutina no se rompe cambiando textos o inventando gestos nuevos, sino volviendo al sentido. Recordando que allí no se actúa, se encuentra. Que no se cumple, se celebra. Que no se asiste, se ofrece la vida.
Cuando la liturgia se vuelve rutina, el Espíritu sigue soplando, esperando que alguien se detenga, escuche y vuelva a creer que Dios se hace presente en lo sencillo: en el pan partido, en la palabra proclamada, en la comunidad reunida. Tal vez no necesitamos una liturgia distinta, sino un corazón despierto. Porque cuando el corazón despierta, la liturgia deja de ser rutina y vuelve a ser encuentro.
¿Cuándo la liturgia deja de ser rutina?
La liturgia deja de ser rutina cuando el corazón vuelve al centro.
Cuando ya no entramos al templo como quien cumple, sino como quien busca sentido.
Deja de ser rutina cuando llegamos con la vida a cuestas: con el dolor, la esperanza, la lucha, el pecado y el agradecimiento. Cuando el altar se parece a nuestra mesa y la Palabra nos nombra por dentro.
La liturgia deja de ser rutina cuando el silencio se escucha, cuando el canto no es relleno sino clamor, cuando el “Amén” nace de la convicción y no de la costumbre.
Deja de ser rutina cuando el celebrante no actúa y la asamblea no mira, sino que todos celebran. Cuando el rito no tapa la realidad, sino que la abraza y la transforma.
La liturgia deja de ser rutina cuando entendemos que no termina con la bendición final, sino que comienza al salir: en la justicia, en la solidaridad, en el servicio cotidiano.
En definitiva, la liturgia deja de ser rutina cuando vuelve a ser lo que siempre fue:
encuentro con el Dios vivo que camina con su pueblo.
Escrito por: JPalestina Libre



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