“No perdamos de vista a los crucificados de la historia”.
Con esa frase Monseñor Óscar Arnulfo Romero nos obligaba a mirar. No al cielo, sino a la calle. No a la imagen, sino al rostro. Porque para él, los pobres de El Salvador eran la prolongación de Cristo en la cruz.
Romero lo dijo desde el púlpito de la Catedral Metropolitana y lo repitió en cada homilía: “Cuánto dolor en aquellos cadáveres ambulantes de las mazmorras de las cárceles, torturados, flagelados horrible e injustamente”. Hablaba de campesinos, de jóvenes, de madres. Hablaba de un país donde “el poder, el odio y la venganza” también estaban clavados en el madero.
Para Romero la cruz no era un adorno de Semana Santa. Era un diagnóstico. “Cuántos pobres hijos de esta patria, anegados en el vicio, arrastrándose por el suelo, desconociendo su dignidad humana y salvadoreña”. Y su remedio era uno solo: descubrir en ellos la presencia de Cristo. “Los migrantes forzados, los jóvenes sin futuro, las víctimas de guerra, nuestra madre tierra maltratada”. Ahí, decía, está el Señor.
La misma cruz, otras estaciones
El 27 de marzo de 2026, último viernes de Cuaresma, esa misma lógica volvió a las calles. Familiares de detenidos bajo régimen de excepción hicieron un vía crucis en el Centro Histórico de San Salvador.
No cargaban solo cruces de madera. Cargaban cuadros del artista Alex Cerpas donde se veía “a soldados llevándose a las personas, a pobres cargando la cruz y a las instituciones del Estado que no cumplen su labor”.
Rosy Iraheta, de Bajo Lempa, fue clara: “hacer el vía crucis para nosotros representa conmemorar el sufrimiento del pueblo que hoy está pasando”. Pidieron ser “voz de conversión” para quienes no ven que una medida que daña derechos humanos, daña al país entero.
Han pasado 46 años desde el asesinato de Romero. Pero el inventario del dolor se parece. Cambian los nombres, no las heridas.

¿Qué haría Romero hoy?
Tres cosas, si nos atenemos a su palabra.
Primero, ver. No naturalizar. Romero nos enseñó a mirar al que sufre y no apartar la vista. Ver al niño que el padre Doñoro llama “mi niño crucificado” porque llega al albergue “roto por fuera y por dentro”. Ver a la familia que entrega escritos a la PDDH y no recibe respuesta.
Segundo, denunciar. Él llamó “pecado institucional” a la injusticia social. Denunciar no es hacer política partidaria. Es hacer cristianismo. Es ponerle nombre al mal.
Tercero, luchar. “Es un llamado a luchar con sabiduría y valentía, contra tantas cruces injustas e inhumanas”. Luchar desde la ley, desde la comunidad, desde la verdad. Como hicieron los mártires jesuitas de la UCA, de quienes dijo el Papa Francisco que murieron “por defender a los pueblos crucificados”.
La pregunta pendiente
El Salvador ha tenido paz, guerra, posguerra y estados de excepción. Pero la pregunta de Romero sigue sin respuesta: ¿Dónde están los crucificados hoy?
Mientras haya gente cargando cruces que no le tocan, la redención está incompleta. Mientras sigamos pintando “pobres cargando la cruz” porque los vemos en la realidad, la Cuaresma no termina el Domingo de Resurrección.
Romero nos dejó una brújula y una opción: “desde los pobres, con los pobres, por los pobres”. Acercarse a Dios, decía, es acercarse “al pobre pueblo que se ha apartado de los caminos de la felicidad trazados por el Padre”.
Si le quitamos la cruz al pobre, se la quitamos a Cristo. Si se la dejamos encima, nos hacemos cómplices.
Ese es el Evangelio según San Romero de América. Y sigue vigente.
Escrito por: Ramón Bracamonte



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