JESÚS NO VINO A ACOMODAR CONCIENCIAS…
Jesús no vino a acomodar conciencias ni a barnizar de religiosidad un mundo injusto. Vino a desenmascarar. A correr el velo que cubría la violencia con palabras piadosas, a revelar lo que el poder llamaba normal, querido por Dios o inevitable.
Desenmascaró una religión que hablaba de pureza mientras excluía personas; que cuidaba la ley pero olvidaba la vida y la dignidad; que defendía a Dios al mismo tiempo que aplastaba al ser humano. Por eso su palabra fue incómoda: porque no atacó a los pecadores, sino a los sistemas que producían pecado.
Desenmascaró la mentira del mérito cuando dijo que el Reino pertenece a los pobres, no a los poderosos; que Dios escucha antes el clamor que la doctrina bien formulada.
Desenmascaró la falsa neutralidad cuando se sentó a la mesa con quienes no contaban, dejando claro que no tomar partido es ya tomar partido por el orden establecido.
Jesús desenmascara mostrando. Su gesto es luz: pone a las personas en el centro y deja en evidencia todo lo que las desplaza. Así cae el ídolo del poder, así se derrumba la falsa sacralidad del dinero.
Por eso Jesús fue peligroso. No porque hablara de amor en abstracto, sino porque arrancó las máscaras del sistema religioso y político. Y cuando el poder queda desnudo, solo le queda una salida: eliminar al desenmascarador.
Pero ni la cruz logró cubrir la verdad. En el Crucificado, Dios desenmascara definitivamente al mundo: revela que la vida vale más que la Ley y que la justicia vale más que el orden, y que Dios no está del lado del poder, sino del lado de las víctimas.
Seguir a Jesús es aceptar esta incomodidad: vivir sin máscaras y no permitir que la fe sirva para ocultar la injusticia, sino para exponerla a la luz del Reino.



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