El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las justicias y el olvido: enfermos, privados de cuido, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria en el mundo entero.
Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes (memoria) conmovedora de un Dios Crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.
Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros . A Dios le duele el hambre de los niños, sufre con los asesinados y torturados, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros. No estamos solos.

LOS SIMBOLOS MÁS SUBLIMES PUEDEN QUEDAR PERVERTIDOS SI NO RECUPERAMOS UNA Y OTRA VEZ SU VERDADERO CONTENIDO.
Pero los símbolos más sublimes puedes quedar pervertidos si no recuperamos una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios ?.
¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros ? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan entre nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados.

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los que sufren, para adorar el ministerio de un ( Dios Crucificado ) no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos más a los crucificados, semana tras semana.
Por : José Antonio Pagola.



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