La historia de la Universidad de El Salvador, UES, está marcada por golpes que no se borran: masacres de estudiantes, intervenciones militares, cierres temporales, presupuesto raquítico y violaciones constantes a su autonomía.
El 30 de julio de 1975 El Salvador se miró frente a un espejo roto. En ese reflejo aparecieron los uniformes militares, los cuerpos de estudiantes tirados sobre la calle, tanques disparando sin piedad, jóvenes heridos arrastrándose sobre el pavimento regado de sangre y gritos desesperados que todavía resuenan en los pasillos.
Ese día, bajo el régimen de Arturo Armando Molina, el Estado decidió responder a la protesta con balas. Más de 50 estudiantes de la Nacional fueron asesinados por militares y cuerpos represivos de seguridad. No fue un enfrentamiento. Fue una emboscada contra el pensamiento.
51 años después, el espejo sigue roto y muestra las mismas imágenes de dolor. Por eso cada año las nuevas generaciones salen del máximo centro de estudios y caminan. La marcha multitudinaria recorre el mismo trayecto hasta la 25 Avenida Norte, a la altura del Hospital del ISSS, el lugar exacto donde la sangre marcó el suelo.
No van a pedir permiso para recordar. Van a honrar a las víctimas que, con su silencio, siguen exigiendo justicia en El Salvador.
Marchar es la forma que tiene la UES de decir tres cosas: que hubo verdad que se ocultó, que hubo crímenes que no prescriben, y que la universidad sigue viva a pesar de los tanques.
Mientras no haya reparación integral y garantías de no repetición, la caminata será necesaria. Porque olvidar sería romper el espejo otra vez, y esta vez por dentro.
Por: Geancarlo Martinez / para sentirconelpueblo.com



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