Desde la Teología de la Liberación nos preguntamos: ¿Con qué Iglesia soñamos los salvadoreños y salvadoreñas?
Los salvadoreños soñamos con una Iglesia que acompañe a las comunidades más pobres, esas que abrazó y recorrió Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Una Iglesia Samaritana, que no pase de largo.
Soñamos con una Iglesia que camine con los trabajadores despedidos, con los vendedores desalojados del Centro Histórico de San Salvador, con los defensores de derechos humanos y con las organizaciones sociales que hoy son estigmatizadas por defender la vida.
Queremos una Iglesia que camine con los pacientes de los hospitales públicos que regresan a sus casas sin medicamentos, con las madres que hacen fila desde la madrugada por una consulta. Con las comunidades indígenas que temen mayor destrucción ambiental con la minería metálica y con los megaproyectos estatales y privados bajo el argumento de un supuesto desarrollo para el país. Un desarrollo que no es para el pueblo, sino a costa del pueblo.
Soñamos con una Iglesia abierta, unida, solidaria, que salga de los templos y viva la realidad económica, política y social en la calle, ahí donde camina el pueblo de Dios. Como nos enseñó la Teología de la Liberación, no hay dos historias, una sagrada y otra profana. Hay una sola historia donde Dios se revela. Y esa historia hoy se escribe en las champas, en los mercados, en las comunidades bajo amenaza de desalojo.
Soñamos y queremos una Iglesia que levante la voz, que hable con la verdad y que baje de la cruz a los Crucificados en El Salvador. Porque en El Salvador siguen existiendo crucificados: el pobre sin empleo, el campesino sin tierra, el joven sin oportunidades, el defensor criminalizado.Una Iglesia que sepa abrazar, amar y acoger a los preferidos del Señor, a esos que defendió Monseñor Romero hasta ofrendar su vida.
Una Iglesia que sea madre.
Nosotros no queremos una Iglesia con jerarcas en templos de piso de puro mármol, no queremos pastores ilustrados, ni sacerdotes que ven al pobre por encima del hombro. Eso es lo que no queremos en nuestra Iglesia. No queremos una Iglesia museo, de incienso y de sacristía. Queremos una Iglesia pueblo de Dios.
Gracias a Dios, en la patria de Monseñor todavía tenemos un pequeño resto, un pequeño sector de la Iglesia que predica con el ejemplo de San Óscar Romero y que ve los rasgos sufrientes de Cristo en el rostro de los pobres. Ese resto es esperanza.
Hemos visto aún a verdaderos pastores, sacerdotes, religiosas, religiosos y hasta obispos que representan lo mejor de nuestra fe, enlodándose los zapatos y las sandalias, ocupados cuidando a su rebaño. Ellos son la Iglesia que soñamos. La Iglesia que no huye de la historia, sino que se encarna en ella.
Que esa Iglesia crezca.
Periódico Ecuménico sentirconelpueblo.com



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