El pasado 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por dos fuertes terremotos de magnitud 7.2 y 7.5, ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia. La tragedia golpeó con mayor fuerza a La Guaira, sectores populares de Caracas y comunidades cercanas. Una vez más, la naturaleza nos recuerda la fragilidad de la vida, pero también pone en evidencia una realidad dolorosa: quienes más sufren suelen ser los más vulnerables. Miles de familias han sido afectadas, especialmente niños, adultos mayores, pacientes hospitalizados y quienes vivían en edificaciones que no resistieron la fuerza del sismo.
Hay tragedias que trascienden las fronteras y nos recuerdan que todos compartimos una misma condición humana. Lo ocurrido en Venezuela ha enlutado a una nación entera y ha dejado profundas heridas en miles de familias. Una vez más, la pobreza se convierte en el rostro más visible del sufrimiento, porque quienes menos tienen son, con frecuencia, quienes más expuestos están a los embates de la naturaleza.
En medio de tanta desolación, elevamos nuestra oración por quienes han perdido a un ser querido, por los heridos, por quienes permanecen desaparecidos y por los equipos de rescate que, con valentía y esperanza, continúan buscando vidas entre los escombros. Que Dios fortalezca al pueblo venezolano, le conceda consuelo en medio del dolor y levante corazones llenos de esperanza para seguir caminando.
Hoy nos unimos al pueblo venezolano con respeto, solidaridad y oración. Que ninguna familia se sienta sola en esta hora de angustia. Confiamos en que el Señor sostendrá a los afligidos, dará fuerzas a quienes sirven en las labores de rescate y abrirá caminos de reconstrucción para una nación que, aun en medio de las ruinas, puede volver a levantarse con fe, unidad y esperanza.
Escrito por : el pastor Tito Rodríguez Orozco



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