ALTARES DE IGLESIAS, LAS CALLES Y PLAZAS DE EL SALVADOR ESTÁN TEÑIDAS CON SANGRE DE MÁRTIRES
Los templos de las iglesias, las plazas, las calles y las áreas rurales de El Salvador están teñidos con sangre de mártires.
No es una metáfora poética. Es historia. Es memoria. Es teología. En cada piedra de este país pequeño en territorio, pero inmenso en testimonio, quedó la sangre de quienes creyeron que el Evangelio no es para adormecer conciencias, sino para liberarlas.
El Salvador es uno de los países más pequeños de América Central y con una de las historias más grandes de martirio cristiano en el continente. Una historia marcada por el asesinato de hombres y mujeres de fe que decidieron seguir las huellas de Jesucristo, no del Cristo domesticado del poder, sino del Cristo liberador, del que opta por los pobres.
Desde la Teología de la Liberación entendemos que estos hermanos y hermanas no murieron por una casualidad política. Murieron por una opción evangélica. Hicieron una opción preferencial por los pobres, por los marginados y oprimidos, y se enfrentaron a lo que la teología llama con claridad: las estructuras generadoras de pecado estructural. No era solo el pecado del individuo que mata. Era el pecado del sistema que necesita matar para mantenerse.

En las décadas de los años 70 y 80, durante el conflicto armado, esa estructura de pecado mostró su rostro más cruel. Por medio de bandas paramilitares, escuadrones de la muerte y cuerpos militares, fueron asesinados decenas de sacerdotes.
Entre ellos, el padre Rutilio Grande, el primer mártir de esta cadena, el que despertó la conciencia profética de Romero. El padre Ernesto Barrera Motto. El padre Alirio Napoleón Macías. Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado en el momento más sagrado, cuando celebraba la Eucaristía, convirtiendo el altar en cruz. Y el padre Ignacio Ellacuría junto a sus compañeros jesuitas de la UCA, mártires de la inteligencia y de la verdad.
Con ellos, las cuatro religiosas estadounidenses y cientos de celebradores de la Palabra y catequistas. Campesinos con Biblia en mano. Mujeres que enseñaban a leer con el Evangelio. Jóvenes que animaban comunidades.

Estos hombres y mujeres fueron martirizados por dos odios que se juntan en uno solo: el odio a la fe y el odio al pueblo pobre de Dios. En términos de la Iglesia, odium fidei. En términos de la Liberación, odium pauperum – odio al pobre, porque defender al pobre en El Salvador era un delito que se pagaba con la vida.
Por eso El Salvador no puede entenderse sin sus mártires. Cada templo donde fue asesinado un sacerdote, cada cantón donde cayó un catequista, cada plaza donde se derramó sangre inocente, es un lugar teológico. Es donde Dios sigue hablando.
La sangre de ellos no pide venganza. Pide justicia. Pide que la Iglesia de hoy no olvide de qué lado la puso la historia y el Evangelio: del lado de los que no tienen voz.
Escrito por: Alberto Colorado



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