Manifiesto de la Teología del Oprimido
Nos levantamos desde el polvo,
desde el silencio que nos impusieron,
desde las manos vacías que aún saben sembrar esperanza.
Hablamos en nombre de los que no tienen voz,
de los cuerpos cansados, de las mujeres olvidadas,
de los pueblos que siguen resistiendo con fe y con hambre.
La teología del oprimido no nace en los despachos,
ni en los libros dorados de los sabios.
Nace en la calle, en el campo, en el barrio,
en el corazón de quienes cargan la cruz sin templos ni incienso.
Dios no vive arriba,
vive abajo, en el pueblo,
en la herida, en el hambre, en la lucha.
Dios es un pobre con nombre de amor,
un obrero crucificado por el sistema,
un niño que muere de injusticia y resucita en la solidaridad.
Creemos en un Cristo que rompe cadenas,
no en uno que las bendice.
Creemos en un Evangelio que incomoda,
que desordena las mesas del poder
y pone en pie al que el mundo derribó.
Nuestra fe es rebelde y tierna.
Ama al enemigo, pero no calla ante el opresor.
Perdona, pero no olvida.
Ora, pero también marcha.
Cree, pero también organiza.
La teología del oprimido no se predica,
se encarna.
No se estudia, se vive.
No se enseña, se comparte en el pan y en la palabra.
Cada madre que defiende a su hijo,
cada campesino que cuida la tierra,
cada joven que sueña justicia,
es profeta del Reino que viene.
Proclamamos que el Reino de Dios
no es promesa futura,
sino tarea presente.
Y que la salvación no es evasión,
sino liberación.
Por eso gritamos con voz de pueblo:
Dios no está del lado del trono,
está del lado del pueblo.
No bendice imperios,
bendice los pasos de los que caminan hacia la libertad.
Y mientras haya un solo oprimido sobre la tierra,
seguiremos tejiendo esta teología con nuestras manos,
con nuestra sangre, con nuestra fe,
hasta que la justicia sea pan compartido
y el amor, ley de todos los pueblos.



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