JESÚS DE NAZARET ESTÁ CRUCIFICADO CON LOS POBRES DE EL SALVADOR
En El Salvador la memoria no se guarda en mármol. Se guarda en el cuerpo del pueblo. Y la Teología de la Liberación nos enseñó lo que Monseñor Romero vivió hasta dar la vida: Dios no habla desde lejos. Dios grita desde los pobres.
A 109 años del natalicio del Santo de los Pobres, ese grito sigue atravesando nuestra tierra. No es un eco del pasado. Es una realidad que camina hoy en las calles, en los hospitales, en los campos y en los ríos.Vemos los rasgos sufrientes de Cristo en los niños con hambre que se acuestan sin cena, en los campesinos sin tierra para cultivar mientras la semilla se vuelve inalcanzable. Los vemos en miles de hombres y mujeres sin empleo para vivir con dignidad, en las familias desalojadas de sus comunidades por proyectos que llegan sin rostro humano y sin consulta.Vemos el calvario y la crucifixión de Jesús en los enfermos sin medicinas en la red de hospitales públicos, esperando un milagro que debería llamarse salud. Lo vemos en los jóvenes sin oportunidades de trabajo y sin estudio, a quienes se les niega el derecho a construir futuro. Lo vemos en los vendedores informales perseguidos en el Centro Histórico de San Salvador, criminalizados por buscar el pan de cada día con el sudor de su frente.Y también lo vemos en la casa común. En la flora, fauna y ríos que cada día mueren en la Patria de Monseñor Romero. Porque el grito de la tierra es el grito del pobre, y defender la vida es defender toda la vida.Romero lo dijo sin rodeos: una Iglesia que no sufre con el pueblo, no sirve al pueblo. Por eso él bajó del palacio al hospital, de la oficina a la comunidad. Denunció en cada homilía porque entendió que el evangelio sin denuncia es un evangelio a medias. Un evangelio que consuela pero no libera.Hoy su memoria nos interpela con urgencia. Conmemorar a Romero no puede quedarse en el ritual. Tiene que convertirse en compromiso. Tiene que llevarnos de la Eucaristía a la mesa compartida, de la oración al pan y la medicina, de la reflexión al acompañamiento de quien sufre.El Santo de los Pobres no nos pide estatuas. Nos pide discípulos. Una Iglesia que se manche los pies, que se siente en el suelo con el pueblo, que convierta la memoria en acción y la fe en justicia.Porque si Jesús de Nazaret está crucificado con los pobres de hoy, también sigue resucitando cada vez que un pueblo se organiza, comparte, denuncia y ama. Y en El Salvador, tierra de mártires y de esperanza, ese grito no se ha apagado. Se ha vuelto pueblo. Se ha vuelto Romero.



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