LA FE DESNUDA… LA FE DE LOS POBRES …
Reflexión: Mi fe desnuda : La fe desnuda es la que ha perdido todos sus ropajes: las seguridades, los ritos vacíos, las palabras gastadas. Es la fe que no se ampara en la costumbre, ni en la autoridad, ni en los milagros. Es la fe que camina con el corazón herido y aun así dice: creo.
No es ingenuidad ni consuelo fácil. Es resistencia. Es la fe que se queda cuando todo lo demás se ha ido, cuando el templo está cerrado y el cielo parece mudo. Es la fe de los pobres, de los que confían en Dios aunque no entiendan sus caminos, de los que siguen soñando justicia en medio de la injusticia.
La fe desnuda no pide brillo, solo verdad. No busca poder, sino presencia. Es la fe que no domina, sino que acompaña; la que no promete riquezas, sino sentido; la que no teme llorar junto al que sufre.
Esa fe —despojada, libre, viva— es la que mantiene en pie al pueblo,
porque sabe que Dios no habita en los altares de oro, sino en la esperanza que resiste, aun cuando todo parece perdido.
La fe desnuda es la fe del seguimiento auténtico. No se apoya en estructuras de poder ni en seguridades doctrinales; se apoya en la confianza radical en el Dios de la vida. Es la fe de Abraham que camina sin saber adónde va, la de María que dice sí sin entenderlo todo, la de Jesús que confía incluso en la cruz.
Desnudarse de seguridades teológicas, institucionales o económicas es volver al núcleo del Evangelio: la confianza absoluta en el Dios que se revela en lo pequeño y despreciado. En la teología de la liberación, esta fe se hace historia en los pueblos que creen sin privilegios, que luchan sin garantías, pero con la certeza de que el Reino ya germina en medio de ellos.
La fe desnuda no es una fe débil; es una fe purificada. Ya no busca controlar a Dios, sino dejarse guiar por Él. No exige pruebas, porque vive de la experiencia del encuentro. Es la fe que brota del sufrimiento y de la esperanza, del silencio y del clamor.
En tiempos de crisis religiosa, cuando muchos confunden fe con espectáculo, la fe desnuda nos recuerda que creer es despojarse, es volver al Jesús pobre y libre, al Cristo que no tuvo dónde reclinar la cabeza, pero que levantó la dignidad de los últimos.
Solo una fe así —desnuda, encarnada y liberadora— puede sostener la esperanza del pueblo y renovar la Iglesia desde abajo, desde los que siguen creyendo sin nada… pero con todo el amor de Dios en su pecho.
Mi fe desnuda siempre.
Atte. José Palestina Libre.



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