Hay geografías en El Salvador que parecen estar marcadas por un fuego invisible, territorios donde la dignidad no se negocia y la historia se resiste a ser escrita únicamente por los vencedores. La región de los Nonualcos, en el departamento de La Paz, es una de ellas. Al recorrer sus calles de polvo blanco, bajo el calor paracentral, emerge una red de mitos, mártires y danzas que no son hechos aislados, sino eslabones de una misma cadena de resistencia histórica. Desde la sublevación indígena de Anastasio Aquino en 1833 hasta el martirio del franciscano Fray Cosme Spessotto en 1980, la herencia de esta tierra late en sus tradiciones populares como un mecanismo de supervivencia cultural.
Las tierras de Anastacio Aquino y el desafío al altar
Para entender los Nonualcos, hay que escarbar en el suelo. A inicios del siglo XIX, la naciente república salvadoreña intentó modernizar su economía a costa de la expropiación de las tierras comunales y ejidales, la base de la subsistencia pipil. El descontento acumulado y el reclutamiento forzoso encendieron la pólvora. En 1833, un jornalero y cortador de zacate llamado Anastasio Aquino alzó su grito de guerra. No era una simple escaramuza de “indios revoltosos”, como la llamó la historiografía oficial; era una rebelión de miles de hombres que reclamaban la devolución de sus tierras y el cese de los tributos injustos.
El punto álgido de esta epopeya, atrapado entre la crónica histórica y el mito popular, ocurrió durante la incursión a la ciudad de San Vicente. Las huestes de Aquino entraron a la imponente Iglesia de Nuestra Señora de El Pilar. El líder rebelde, en un acto que desafió el orden teológico y militar de la época, subió al altar, tomó la corona de la imagen de San José y se la ciñó sobre la frente. “El Rey de los Nonualcos” había nacido.
Aquel gesto en la iglesia no fue un simple sacrilegio o arrebato de soberbia; fue una declaración política profunda. Aquino despojó al poder civil y eclesiástico de sus símbolos de autoridad para devolverle la soberanía a su pueblo oprimido. Aunque la rebelión fue sofocada a sangre y fuego, y la cabeza de Aquino terminó en una jaula de hierro en San Vicente, el suelo nonualco quedó sembrado con una semilla de indomable rebeldía.
Fray Cosme Spessotto y el eco de la solidaridad Franciscana
Casi un siglo y medio después, en 1952, otro personaje pisaría ese mismo suelo sagrado, transformando la resistencia desde una trinchera distinta: la fe encarnada en el dolor del pueblo. El fraile franciscano, de origen italiano, Cosme Spessotto (cuyo apellido a menudo se castellaniza como Espesoto), llegó a San Juan Nonualco montado en una motocicleta Vespa. Aquel hombre austero y de manos laboriosas no tardó en mimetizarse con el campesinado, compartiendo su pobreza y ayudándoles a labrar un futuro a través de la educación y el desarrollo comunitario.
Sin embargo, los años setenta trajeron a El Salvador una nueva versión del despojo de tierras, la exclusión y la violencia de Estado. Spessotto, fiel a su voto franciscano, no pudo ser un espectador mudo. Cuando las fuerzas militares y los escuadrones de la muerte comenzaron a perseguir, capturar y asesinar a los campesinos nonualcos, el fraile convirtió su parroquia en un santuario de derechos humanos. Levantó la voz contra las injusticias, denunció los atropellos y recogió los cuerpos de las víctimas tirados en los cafetales para darles cristiana sepultura, desafiando las órdenes militares.
El legado de Fray Cosme es el de la resistencia pacífica pero inquebrantable. “Morir mártir sería una gracia de Dios”, llegó a decir. Su profecía se cumplió el 14 de junio de 1980, cuando fue asesinado a balazos por desconocidos frente al altar de su propia iglesia, minutos antes de oficiar misa. Al igual que Aquino, Spessotto defendió a los desposeídos de los Nonualcos y pagó el precio más alto en el presbiterio. El hilo invisible de la historia unió al rey indígena y al sacerdote italiano en el mismo altar del sacrificio por la dignidad de la tierra.
Palancas, tigres y venados
La historia de los pueblos no solo se escribe con sangre; se preserva de forma sublime a través de la cultura popular. En los Nonualcos, las tradiciones locales actúan como un archivo vivo que burla el olvido institucional.
Una de las manifestaciones más impresionantes de esta resistencia simbólica es la Danza del Tigre y el Venado. A primera vista, parece una colorida representación folclórica de cacería mítica, donde un tigre persigue a un venado bajo la mirada de una vieja y un viejo. Sin embargo, para los habitantes locales de Santiago y San Juan Nonualco, la danza encierra un mensaje codificado de insurgencia. El venado representa al pueblo indígena, sagaz y conectado con la naturaleza; el tigre personifica al opresor, a la fuerza militar que busca devorarlo. Cuando el venado y los viejos logran burlar o vencer al tigre, la plaza estalla en júbilo: es la victoria simbólica de los oprimidos sobre los opresores, el eterno retorno de la gesta de Aquino plasmado en el ritmo del tambor y el pito de caña.
Paralelamente, la Tradición de las Palancas añade una dimensión de comunión colectiva. Estas imponentes estructuras de madera, abundantemente decoradas con frutas silvestres, flores y dulces, son cargadas en hombros por los pobladores durante las festividades religiosas. Las palancas representan la ofrenda comunal de los frutos de la tierra, pero en el contexto nonualco, simbolizan además la fuerza colectiva: el esfuerzo compartido y coordinado que se necesita para levantar el peso de la adversidad. Cargar la palanca es un recordatorio de que la tierra pertenece a quienes la hacen producir y que la comunidad es el único soporte real ante las estructuras de poder.
Un territorio vivo
Reunir en un mismo lienzo a Anastasio Aquino y a Fray Cosme Spessotto, junto a los acordes del Tigre y el Venado y la pesadez frutal de las Palancas, no es un ejercicio de nostalgia histórica; es una radiografía indispensable del alma de El Salvador. Los Nonualcos nos demuestran que el pasado no está muerto. La corona de San José que Aquino se ciñó en San Vicente y el cáliz de sangre que Spessotto derramó en San Juan Nonualco pertenecen al mismo relato de un pueblo que se niega a arrodillarse. Mientras el pito de caña siga sonando en las calles y las palancas sigan elevándose hacia el cielo, la resistencia paracentral continuará viva, recordándole al país que bajo el polvo de sus caminos habita la memoria inquebrantable de los verdaderos dueños de la tierra.
Por: Luis Rafael Moreira Flores



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