Los pobres tienen muchos rostros. No son una estadística, son personas con nombre, historia y dignidad. Está el rostro del niño que va a la escuela sin desayunar, con la mochila gastada y la esperanza intacta. El rostro de la madre soltera que hace milagros con el salario mínimo para que alcance la comida, el bus y los útiles. Está el rostro del adulto mayor que trabajó toda su vida y hoy sobrevive con una pensión que no alcanza.

El del joven que terminó el bachillerato pero no encuentra trabajo, y ve cómo se le van los años esperando una oportunidad. Está el rostro del campesino que siembra con fe pero pierde la cosecha por la sequía. El del migrante que salió de su tierra buscando un futuro y encontró soledad. El del enfermo que hace fila desde la madrugada en la unidad de salud. También está el rostro de la familia que vive en una casa de lámina, donde cuando llueve fuerte todos se mojan. El de la comunidad que no tiene agua potable y acarrea cántaros.

El del que fue despedido y hoy vende en la calle para no pedir. La III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, 1979, denunció con fuerza esta realidad: “Vemos, a la luz de la fe, como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente brecha entre ricos y pobres”. Los obispos señalaron además “los rostros concretos de los pobres” y afirmaron: “Alfabetismo, desnutrición, falta de oportunidades de trabajo digno y justamente remunerado, falta de acceso a la vivienda, a la salud y a la educación, son algunos de los rostros de la pobreza”.Jesús dijo: “Lo que hicieron con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicieron”. Por eso cada rostro de pobreza es también el rostro de Cristo.

La Iglesia, siguiendo el Evangelio y el mandato de Puebla, está llamada a ver esos rostros, a escucharlos y a caminar con ellos. No se trata solo de dar una limosna. Se trata de justicia, de crear condiciones para que nadie tenga que vivir así.En El Salvador los “múltiples rostros de la pobreza” nos cuestionan e interpelan. Nos preguntan qué estamos haciendo con nuestra fe, con nuestra política, con nuestra economía.No podemos acostumbrarnos. Cada rostro es un grito que pide ser tomado en cuenta. Y cada respuesta concreta, por pequeña que sea, es construir un país más humano.
Redacción sentirconelpueblo.com



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